Iniciamos el mes de octubre, mes de la misiones para la Iglesia.

La palabra latina missio es un compuesto con sufijo -sio que significa, acción y efecto, como en colisión, erosión y escisión) sobre el supino del verbo mittere (enviar, el participio es missus, es decir el enviado. La misión es por qué y el para qué de la Iglesia. Algunos han llegado a afirmar que se trata de su vocación misma, pues la razón de ser y existir de la Iglesia no es otra que el anunciar la buena nueva de Cristo al mundo. (cfr. Mt 28, 19-20).

Ahora bien, como nos recordaba el papa Benedicto XVI, la misión universal implica a todos, todo y siempre. El evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, es un don que se debe compartir, una buena noticia que es preciso comunicar. Y este don, que al mismo tiempo es compromiso, está confiado no solo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son “linaje elegido, nación santa, pueblo adquirido por Dios” ( Cfr. 1 P 2, 9), para que proclame sus grandes maravillas.

Esta comisión no posee terrenos privilegiados, sino urgentes, y por lo tanto hemos de anunciar el Evangelio de Cristo a tiempo y destiempo, y en cualquier lugar, sin importar lo reducido o pequeño que el terreno de misión nos parezca, pues es posible caer en la tentación de pensar que solo se puede ser misionero en países extranjeros, tierras inhóspitas o lejanas, olvidándonos de los derroteros de misión más inmediatos, como la propia casa, la familia, el trabajo o nuestra sociedad.

Es curioso cómo la patrona de las misiones es Santa Teresita del Niño Jesús, una joven religiosa francesa del siglo XIX que nunca salió de su clausura, y aún así fue nombrada patrona de los misioneros, por su incansable oración en favor de las misisones ad gentes en el mundo. Cuenta Jacques Phillipe en su libro “Libertad interior” que, tras leer la autobiografía de esta santa llamada “Historia de un alma”, quedó con el deseo de conocer el Carmelo en el que había vivido, y cuando tuvo la oportunidad de ser invitado a hacerlo (cosa poco habitual para una clausura) quedó sorprendido al ver el contraste entre la amplitud con que Teresita describía los espacios de aquel convento en su diario y la estrechez de aquellos lugares en la vida real.

El maestro espiritual llegaba a la conclusión de que cuando un alma es verdaderamente libre en Dios, hasta los espacios más reducidos, se vuelven amplios y grandes. Por ello no hay lugar pequeño para la misión, mientras haya tanto un corazón libre para llevarla a cabo, como una persona que no ha escuchado de Cristo.