Aunque todavía existen personas que ven la prevención como algo sin importancia, algo que puede pasar inadvertido, o como una buena teoría para decorar los libros o para ser acopiada en el intelecto, afortunadamente son cada vez más aquellos que están conscientes de los beneficios derivados de la correcta valorización que se le debe procurar a esta “provisión” para sus vidas.
La prevención es una función ligada a la fase de planeación. Es la preparación y disposición que concebimos anticipadamente para maximizar la eficacia y la seguridad, favoreciendo con eso la eliminación de las situaciones de riesgo al ejecutar algo, o para reducir su incidencia. Esto quiere decir que el objetivo principal de laacción de prevenir es lograr que un perjuicio eventual no se concrete. De ahí la frase popular: “más vale prevenir que lamentar”.
Por ejemplo, entre los accidentes infantiles, las quemaduras constituyen una de las causas más importantes y trascendentes en término de secuelas físicas, psicológicas y sociales que en muchos casos acompañan a la persona durante toda la vida. Cómo muchos médicos y especialistas en general concuerdan en afirmar, la mejor y única estrategia para controlar este problema es la prevención, la que debe estar orientada a los grupos más vulnerables (niños menores) y realizada por las personas más cercanas a ellos: sus padres y/o cuidadores directos (profesores y/o educadoras de párvulos).
Asimismo, una persona diabética, con la presión alta, con antecedentes en la familia de problemas cardíacos y, de paso, gordita, tiene un mayor riesgo de padecer también del corazón. La prevención en este caso sería, realizar las dietas para la diabetes y la presión, hacer ejercicio, mantener los controles con su médico y tomarse el medicamento recetado (aparte de no fumar, en caso de querer hacerlo o de que se le inste a ello).
Ahora bien, por algún motivo extraño, ininteligible, muchos preferimos poner en práctica otra “estrategia” en lugar de la citada anteriormente. Nos referimos a la corrección.
Es hasta que el problema aparece, que nos interesamos verdaderamente en hacer lo que debió hacerse mucho antes y es allí cuando surge el “quebradero de cabeza”, buscando la manera de enmendar algo que bien pudo haberse evitado. Sin embargo, como muchos coincidirán, es muchísimo mejor invertir en prevención que en un tratamiento paliativo o atenuante. ¿Por qué? Porque la prevención suscita una vida menos complicada y minimiza la cantidad de quejas, juicio y amargura que aparecerán al momento de padecer ya de un problema que con la prevención pudo ser inexistente.
Como diría Manuel Chinchilla: “Muchos de los problemas que afrontamos en nuestra vida, se deben a la falta de prevención, y a la absoluta improvisación y falta de responsabilidad, con que normalmente actuamos”. Por tal razón, tratemos de mirar hacia el futuro, pero al mismo tiempo tomar conciencia del presente, abriéndole la puerta a la “amiga” que Dios nos presenta y que sí estará dispuesta a socorrernos para reducir o anular necesidades apremiantes. Ella es, la prevención.