Cuando antiguamente se pronunciaba la expresión “magister dixit”, se hacía para referirse al maestro por excelencia: Aristóteles. Se trataba del método de enseñanza mediante el cual el maestro tenía toda la verdad, dominaba todo el conocimiento y lo que él decía se aceptaba como algo irrefutable. Ese método con variantes que lo desfiguran se ha usado durante largo tiempo y su esencia puede resumirse en “el maestro enseña y el alumno aprende”. Ramón Rosa en su cuento maravilloso “Mi maestra escolástica” nos narra con lujo de detalles la descripción de esa metodología de enseñanza que el mismo Rosa caracteriza como escolástica. Basado en sus teorías para reorganizar la enseñanza superior, reinauguró la Universidad y expresó su pensamiento pedagógico en el extraordinario discurso con que inauguró la refundación universitaria.

El célebre maestro brasileño Paulo Freire en su libro “La pedagogía del oprimido” combate con acertada argumentación la metodología escolástica y nos habla de una pedagogía de la liberación, instrumento con el cual nos manda a que enseñemos a ser libres mediante el método que conduce a los educandos a la búsqueda de la verdad y el conocimiento mediante su propio esfuerzo, de tal suerte que el maestro se convierte en un guía, en un conductor. En virtud de eso, el alumno debe aprender por sí mismo y debe ser bueno a pesar del profesor.

Con la metodología tradicional, según Freire, es el maestro el poseedor de la verdad y del conocimiento y solo él es capaz de transmitir su sabiduría al educando: “magister dixit”. Eso convierte al estudiante en un receptor de lo que el maestro le transmite y no hace esfuerzo alguno para aprender mediante la pesquisa del conocimiento con dedicación propia.

El proceso educativo, en cambio, desea un joven que se interese por su propia formación. En esta situación es en donde la lectura se convierte en el principal instrumento del aprendizaje, en la forma de encontrar la información que necesitamos para resolver los problemas que se nos plantean en todas las circunstancias de la vida.

La enseñanza tradicional inhibe la lectura porque el estudiante se remite esencialmente a lo que el profesor recita en la clase. Toma notas con muy mal resultado, ya que generalmente no sabe ni leer ni escribir adecuadamente. Es ese el material que el chico tratará de memorizar, sin hacer esfuerzo alguno por comprender los contenidos y las enseñanzas derivadas. Después será examinado con preguntas que exigen respuestas memorizadas y no de razonamiento.

En cambio si el maestro indujera a los estudiantes a buscar los conocimientos, enseñándoles a encontrar las fuentes adecuadas y que ofrecen alguna seguridad de que lo que hay en ellas es conocimiento auténtico y no falsificaciones, aprenderían la verdadera metodología que se requiere para poder enfrentar los problemas profesionales y de la vida. Cuando en la vida enfrentamos una dificultad, nadie nos impide ir a buscar a quien nos oriente o algún libro, artículo o contenido del internet que nos saque de la duda y nos ofrezca las soluciones correctas.

Estará en mejor posición de ser un buen profesional o un buen ciudadano o un hombre que va bien por la vida mientras más información guarde en su memoria cerebral. Pero si llegado un momento la información que se requiere no la poseemos, la solución está en ir tras los contenidos que necesitamos, a sus fuentes, para solventar los problemas.

Está demostrado que la lectura fortalece la capacidad mental.

Por eso todos sabemos que el saber leer y escribir da a cualquier individuo una superioridad mental frente a los analfabetos. Y si alguien adopta la lectura como su quehacer fundamental en su formación, pues tendremos a un personaje capaz y con las herramientas suficientes para enfrentar la vida con éxito. Entonces nos daremos cuenta de que leer es crecer.