San Pedro Sula, Honduras.
Hace mucho tiempo, en las praderas africanas, posiblemente durante una noche tormentosa, una pequeña tribu buscó refugio en una cueva. Sus rostros se iluminaban momentáneamente por los violentos rayos, reflejando el temor a lo desconocido. ¿Quién era el dueño de aquella voz poderosa que se elevaba por encima del ruido de la lluvia? ¿Quién podría vencer a la oscuridad?
Esas –o algunas parecidas-- deben haber sido las primeras interrogantes que quedaron sin respuesta. Al amanecer, al regresar la luz y la calma, cuando de nuevo les tocó enfrentar a las fieras en la lucha por sobrevivir, vino la pregunta más importante que hasta la actualidad podamos hacernos: ¿Dónde voy después de muerte?
En ese momento, quizá, alguien imaginó que el rey de las tormentas, el dueño de los rayos, tendría que ser una criatura muy poderosa, tan poderosa que, además, creó el cielo, la tierra y también a nosotros.
Al morir, entonces, si éramos buenos, iríamos a su lado para compartir su reino en el cielo.
¿Por qué en el cielo? Pues es lógico que en el cielo ya que en la tierra esa criatura readora no aparecía por ningún lado. Del cielo venían la lluvia, los rayos y la luz del sol, que con seguridad fue el primer candidato en ser convertido en dios por el ser humano.
El sol todopoderoso daba luz y calor, regía las estaciones y vivía en el cielo con su compañera la luna, que al ser bella pero sin tanto poder como el sol, tendría que ser mujer y, consecuentemente su esposa.
El sol y la luna, fueron quizá los primeros dioses que el hombre adoró.
Los sumerios, en la antigua Mesopotamia, donde hoy sus descendientes siguen guerreando por motivos religiosos, dieron un nombre a su dios, Nammú, un abismo sin forma que se creó a sí mismo y que es el primer dios del que se tenga registro escrito, muy parecido en cierta forma al Big Bang que lo inició todo.
Aztecas, hindúes, mayas, egipcios, vikingos, griegos, romanos y cuánta civilización ha existido ha tenido sus propios dioses, con nombre y apellido y con su propia versión de cómo fueron creadas las cosas y, sobre todo, dónde vamos después de la muerte.
¿De qué sirve que haya un dios todopoderoso si al morir termina nuestra historia? ¿Cómo es posible que teniendo tanta riqueza y poder si cuando muere un faraón finaliza todo? De ninguna manera. La muerte es sólo un paso hacia la eternidad, donde compartimos el cielo con el dios de turno.
Otros inventaron la reencarnación, como una manera de seguir disfrutando de los bienes y delicias terrenales. Dios los hace reencarnar para premiarlos o castigarlos por su comportamiento, purificando su espíritu en cada reencarnación, en cada vida.
De todas las supersticiones y leyendas esta es la única que tiene alguna base científica, pues al convertirnos finalmente en polvo -de alguna manera- con el paso de los milenios, volvemos a vivir en forma de planta que será comida por animal o ser humano y entonces “volvemos a vivir”.
El cielo para muchos estaba arriba, en las nubes, realmente cerca, casi al alcance de la mano.
A ese cielo voló montado en un caballo con alas llamado Buraq (quizá un descendiente del Pegaso griego) el profeta Mahoma según el sagrado libro Corán.
En ese cielo (el Olimpo) vivía Zeus y la mayoría de los dioses griegos.
La aviación, que llevó al hombre hasta las nubes, reubicó al cielo en un lugar que nadie puede precisar en la actualidad.
Colocado ahora más en la mente que en un lugar físico, siempre –desde luego-- donde podemos compartir con los dioses actuales, según las diferentes creencias, supersticiones y religiones.
No podemos saber con exactitud cuántos dioses han existido en el pasado pero una cosa si es segura: Todos han sido falsos, el único verdadero es el nuestro, el actual.
Lo mismo posiblemente dirán dentro de diez mil años, cuando nuestra civilización haya desaparecido o cambiado tanto que nosotros seremos apenas una leyenda, no muy diferente a la de los vikingos y su dios Thor, hijo de Odin, dios supremo que reina en Asgard.
