24/05/2024
08:47 AM

Le repito, padre, no se oye​

Víctor Ramos

La mandataria Xiomara Castro hizo promesas de campaña que no pueden cumplirse y otras que son totalmente contraproducentes. Una de ellas: quitar el peaje en la carretera del norte, pues por la experiencia que tenemos las carreteras siempre han estado en total abandono y solo duran en adecuadas condiciones luego de que se construyen unos pocos años porque luego son una pesadilla, pues el Gobierno no vuelve a ocuparse de su mantenimiento. Esa destrucción sería el destino de la carretera del norte si no hubiera peaje.

En la década del 70, durante el gobierno del ingeniero Azcona, mi tío Camilo Rivera Girón, como buen esperanzano, promovió la construcción de una carretera pavimentada de Siguatepeque a La Esperanza. En ese entonces, la carretera del norte se había pavimentado hacía poco y la mayoría de nuestros pueblos tenían carreteras de tierra y no había pavimento en sus cascos urbanos. Poco duró en buen estado esa nueva carretera a La Esperanza porque, digo yo, el asfalto lo aplicaron con brocha y por tal motivo pronto se llenó de agujeros, las cunetas acumularon tierra, piedras y maleza, las líneas se borraron (indispensables en una calle que con frecuencia tiene neblina) y las señales reflectantes y los ojos de gato desaparecieron. El derecho de vía se ha visto invadido. Se convirtió en una pesadilla viajar a las ciudades gemelas de la meseta de Eramaní.

Durante el gobierno de Juan Orlando Hernández se intentó construir una carretera de cuatro carriles desde La Barca hasta Tela. Los pobladores se opusieron porque se planteaba el pago de un peaje. El resultado: no hubo carretera de cuatro carriles ni carretera adecuadamente pavimentada.

La mandataria está construyendo algunas carreteras; entre ellas, la de Siguatepeque-La Esperanza, pero los ingenieros del Ministerio de Obras Públicas, Transporte y Vivienda se quedaron con el concepto de las carreteras de 1980, cuando el número de autos que circulaban en el país era menor del actual, de tal manera que las carreteras ya no pueden ser como si estuviésemos en 1980, sino basadas en las necesidades del transporte terrestre de las circunstancias de 2024 hasta una década más: las carreteras principales del país deben construirse con cuatro carriles. Así ocurre en El Salvador y Nicaragua.

Hay que aceptar que el Gobierno no cuenta con los recursos para emprender obras de esa envergadura, pero los hondureños deben comprender que toda obra del Gobierno se paga con nuestros impuestos y contribuciones, y que el pueblo no puede esperar obras si no aporta con su propio esfuerzo pecuniario.

Por eso sugerí a la presidenta que hiciera un plan de carreteras de cuatro carriles que incluyera de San Pedro Sula a Ocotepeque y sus dos fronteras, de Siguatepeque a Santa Rosa de Copán, de La Barca a Trujillo, de Trujillo a Tegucigalpa, pasando por Juticalpa, de Tegucigalpa a Danlí y la frontera con Nicaragua, de Tegucigalpa a Choluteca y de El Guasaule a la frontera con El Salvador. Habría que convencer a los habitantes del país de que es preciso pagar un peaje razonable para que estas obras se hagan mediante concesión, quizá hacer plebiscitos, y si los pueblos no quieren, pues que sigan rebotando en las calles llenas de baches.

¿Por qué deben ser de cuatro carriles? Para evitar la enorme cantidad de accidentes y muertes que se producen en nuestras carreteras, para satisfacer la demanda por el aumento de la cantidad de autos y ofrecer vías adecuadas para que los productores transporten sus mercancías y su producción y que los pasajeros se conduzcan por caminos que se mantengan en perfecto estado.

No puede haber progreso sin carreteras modernas, pero también es preciso construir represas para electricidad, riego y consumo humano y ampliar los puertos para que puedan funcionar como verdaderos puertos de un posible transporte de mercancías en grandes cantidades entre los dos océanos. Sin estas obras, el socialismo democrático es una utopía.

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