04/03/2024
08:53 AM

La tira de economía

Elisa M. Pineda

Recuerdo que una de las grandes satisfacciones de mi niñez fue completar “la tira de economía”, como seguramente fue de quienes, al igual que yo, tuvieron que hacer ese trabajo manual que consistía en un lienzo de manta en el que aprendíamos a bordar diversas puntadas, así como a coser botones.

El hilo y la aguja eran fieles compañeros durante todo el primer grado, en este trabajo que tenía dos finalidades: que aprendiéramos lo básico de la costura y al mismo tiempo, que desarrolláramos el motor fino, tan importante para la escritura.

Para mí aquella manta se convirtió en un verdadero suplicio, pues cumplía otro objetivo: enseñarme a ser paciente y perseverante, cualidades que no eran parte de mi repertorio incipiente.

Al finalizar el año escolar, presentábamos la manta ya terminada, limpia y bien planchada. Luego de eso, era costumbre de mi familia que regaláramos aquel trabajo a la abuelita materna, que era una maestra de las agujas. Ella recibía el mantel con los más grandes elogios y eso era suficiente para sentir que había valido la pena.

Con los años, volví a ver mi tira de economía en casa de la abuela, “decorando” una mesita de su habitación. Para ella seguía teniendo el mismo valor: era hecho a mano por la menor de las niñas de su hija María Judith y representaba algo más que una tela con hilo, era el tiempo, el esfuerzo y el cariño puestos allí.

Las cosas hechas a mano tienen esa gran virtud: se traen consigo una partecita del pensar y el sentir de quien las hace, quizás por eso son tan únicas y especiales. No son “más de lo mismo”, son singularidades en un mundo de cosas estándar, de producción masiva.

En época de Navidad, las campañas que promueven el consumo de lo local por encima de lo que importamos, suelen estar presentes. Pero en ocasiones se quedan cortas, al apelar solamente a la empatía.

Comprar en cualquier establecimiento, por pequeño o grande que sea, contribuye con la economía nacional, puesto que siempre hay personas que dependen de ello. Por otra parte, hay importaciones que no es posible sustituir a través de la producción local.

El valor del consumo local a los emprendedores y artesanos no debe ser visto solamente como un acto de solidaridad con nuestros productores, pues eso implicaría subestimar el enorme valor de lo que hacen.

Más allá de eso, debe estar fundamentado en el aprecio por la creatividad, la originalidad y el trabajo que implica cada obra, aspectos que muchas veces desconocemos.

En ese sentido, es indispensable revalorar el talento, el conocimiento, el trabajo, la dedicación y la historia de los emprendedores que tienen en esta época su mejor momento para despegar.

Hay, además, una gran oportunidad para generar reconocimientos a productos ejemplares, como un estímulo para la innovación y la creatividad que impulse a estar siempre a la vanguardia, de cara a las expectativas del mercado.

Se trata de comprender el valor de lo hecho a mano, por la calidad de los detalles, por su diseño único, por que llevan el sello particular de la firma que lo respalda. Porque en lo hecho a mano hay tiempo invertido, que se traduce en fragmentos de vida, quizás noches de desvelo y amor por aquella obra.

La tira de economía de mi infancia -con lo difícil que fue hacerla - hace mucho tiempo quedó atrás, pero me enseñó a valorar el trabajo manual y, a través de mi abuela, la importancia de apreciar lo que hay detrás de cada pequeño detalle.

Que en esta Navidad tengamos una visión más profunda de lo que adquirimos, damos y recibimos; de las historias y los sentimientos que están representados por los objetos, allí es donde está el encanto de los presentes.

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