No es fácil gestionar las propias emociones cuando los estímulos que recibimos del entorno inmediato son pocas veces positivos, pero no tenemos otra opción, si deseamos construir entre todos un país plural, incluyente, en el que haya lugar para cada persona.
Eso pensé hace pocos días, al leer en redes sociales y escuchar en pláticas cotidianas cómo desacreditamos con facilidad a todo aquél que piense distinto a nuestra propia forma. La suma de todo lo vivido está ganando por encima de lo racional.
La polarización ideológica y la creciente desigualdad en el mundo entero son grandes males de nuestro tiempo, dicen los analistas de riesgos globales, entre ellos el Foro Económico Mundial.
En Honduras vivimos en una sociedad de brechas cada vez más grandes, en casi todos los ámbitos, especialmente en temas de desarrollo humano.
El Informe de Desarrollo Humano de Honduras 2022 (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD) ya lo ha planteado.
Tenemos el enorme reto de reducir esas diferencias de desarrollo humano entre las regiones del mismo país, de hacer frente a un escenario de multicrisis y fortalecer el Estado de Derecho.
Muy poco podremos avanzar si en lugar de canalizar esfuerzos y energía a trabajar por objetivos compartidos, lo hacemos para vernos entre nosotros, para remarcar diferencias, desacreditarnos y hacer de la ofensa un estilo cotidiano de (in)comunicación.
No podremos avanzar en la construcción de una cultura de paz si, además de vivir en un escenario de esta naturaleza, especialmente en el ámbito político, lo trasladamos al escenario civil. En este sentido, poco lograremos como sociedad si comenzamos a catalogar como buenos y malos a quienes comparten o no nuestras propias creencias.
En Honduras no es posible clasificar como buenos y malos a los ciudadanos por compartir una ideología específica. Catalogar a los de derecha o izquierda como corruptos o probos por el simple hecho de compartir con ellos afinidades específicas es una ingenuidad total.
Si fuese tan sencillo, hace tiempo sabríamos exactamente a quiénes seguir y qué hacer para superar todos los males que nos aquejan. Para construir una sociedad en paz debemos aceptar la responsabilidad que tenemos todas las personas que hacemos vida en el país de colaborar con esa cultura de convivencia ciudadana.
Todos tenemos impacto en la vida de otros, no podemos evadir esa responsabilidad.
Todo apunta a que se acercan momentos difíciles para el país. Lo que nos presenta el Congreso Nacional es muestra de lo que está pasando en otras áreas menos visibles: no hay capacidad de diálogo para consensos necesarios.
Pero si más allá del Legislativo también trasladamos ese nivel bajo de confrontación a otros ámbitos de la vida, como el de la ciudadanía común, hay pocas posibilidades de salir adelante como sociedad.
Gestionar las emociones, hacerse cargo de las respuestas, emitir mensajes no solamente para defender y desacreditar, sino para construir puentes que nos acerquen y nos ayuden a entendernos, es fundamental.No traslademos la confrontación a la vida personal. Honduras es un país pequeño, en el que es muy fácil tener parientes y amigos de todos los colores e ideologías.
No perdamos las relaciones personales y familiares, no dejemos de valorar la otredad.Ninguna ideología política vale más que nuestra calidad humana. No permitamos que la suma de todo lo que estamos viviendo se convierta en algo que no podamos superar. Recuperemos el control de nosotros mismos.