En el libro de Romanos encontramos un versículo interesante. Este dice: “Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos” (5:18 NVI). ¿Qué significa esto? Significa que toda la humanidad está representada por dos hombres: el que transgrede o quebranta algo, Adán, y el que efectúa o cumple algo, Jesús.

Cada persona nace identificada con Adán, pero se puede “nacer de nuevo” en identificación con Jesús (Juan 3:3). Esta imagen de Adán y Jesús como representantes del género humano es conocida también como teología federal.

Esto debido a que en un sistema federal de gobierno los representantes son elegidos y estos hablan por el pueblo que los eligió.

Ahora usted podrá decir: “Todo eso está muy bien y es comprensible, pero me acarrea un inconveniente que se lo voy a plantear así: ‘Yo nunca elegí a Adán como mi representante’”. En la actualidad, esto se ha convertido en una queja contra Dios, pues no se le perdona que haya designado a un representante infructuoso en nuestro lugar. Sin embargo, Dios hizo lo mismo en el contexto contrario, es decir, con Jesús, que cumple y que también involucra a todos.

El punto crucial, creo yo, es preguntarse, más bien, a cuál de los dos representantes voy a elegir ahora. Es el hoy, el presente, el que determina la trascendencia del asunto. Si yo rehúso aceptar el regalo de salvación que Dios le ofrece a todos por medio de Jesús (1 Timoteo 2:4), me estoy igualando con Adán. Pero si lo acepto, Dios me iguala con Jesús según la medida exacta que se ha puesto en Él. Dicho de otra manera: Adán, que no tenía pecado, decidió tenerlo al comer del árbol (Génesis 3:6).

Nosotros, que tenemos pecado debido a ello, podemos decidir no tenerlo al recibir a Jesús. Este es el mensaje que Dios le dio al mundo, justo en el momento preciso (1 Timoteo 2:5-6).