Dios, como ejemplo supremo del perdón, no solo dispensa nuestras desobediencias y pecados cuando nos arrepentimos, sino que jamás se acuerda de ellos. Por consiguiente, él espera que nosotros también perdonemos al prójimo que nos ofende.
Algo que nos cuesta a los seres humanos (hombres y mujeres) es perdonar. Con facilidad nos ofendemos, guardamos rencor, negamos el habla y expresamos palabras hirientes al ofensor. Pedro, el discípulo de Jesús, quizás preocupado por esta actitud se acercó a su Maestro y le dijo, “Señor, ¿cuántas veces perdonaré al hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” Jesús le dijo, “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22). Mediante este diálogo se nos aclara que debemos perdonar a nuestro ofensor; que no debemos guardar rencor contra él; y que debemos evitar la venganza. Además, debemos procurar la reconciliación, a fin de que volvamos a tratarnos como amigos. Jesús, con su juego de palabras, nos indica que debemos perdonar a los demás las veces que sea necesario.
Leí hace ya algún tiempo un libro cuyo título es, “Cuando llora un guerrillero”. Se trata de un niño que escondido detrás de un tronco vio cómo cinco hombres violaron a su madre y la mataron junto a su marido. El niño creció y siempre en su mente se decía, “cuando sea hombre, me vengaré”. Pasados muchos años, aquel pequeño infante se hizo diestro con el uso de las armas de fuego. Siempre andaba una a cada lado de su cuerpo. Era temido por la gente y rápidamente se esparcían las noticias de sus ejecuciones. Logró “liquidar” a cuatro de los asesinos de sus padres, solo le faltaba el jefe de la banda. Cierta noche, estaba sentado en un parque y frente a él se encontraba un templo cristiano, donde se celebraban conferencias especiales. Se acercó a la puerta de entrada motivado por los cantos. Al rato entró y se sentó en la última banca. En determinado momento de la liturgia el conferencista fue presentado y éste expuso un mensaje bíblico sobre la necesidad de salvación que tenemos los seres humanos. Al final de su intervención, hizo una invitación a recibir a Jesús como Señor y Salvador. Él pistolero, persuadido por lo que había oído, levantó la mano en señal de afirmación. El conferencista lo invitó a pasar adelante, y así lo hizo, con armas y todo. Cuál fue su sorpresa que al estar frente a frente se dio cuenta que el conferencista era el jefe de la banda que había asesinado a sus padres. Sintió el impulso de tomar sus armas. Sin embargo, lo único que hizo fue tirarlas al suelo. Luego, se abalanzó sobre el conferencista y lo abrazó fuertemente, en medio de un llanto mutuo. Ese llanto y ese abrazo fueron las señales de que lo había perdonado. Dios, había tocado su corazón de tal manera que transformó el rencor en perdón.
Vemos, pues, que el perdón produce paz y tranquilidad en la persona, la familia, el trabajo, la iglesia y en todo lugar. Le invito a perdonar querido amigo o amiga. Busque a su cónyuge, hijo (a), amigo (a), etc., y reconcíliese con él o ella. Pida perdón y experimentará esa sanidad interior que tanto esperaba.