El presidente de México estaba feliz. “Hoy vamos a escuchar cumbia”, dijo Andrés Manuel López Obrador, “por el triunfo de Gustavo Petro (en Colombia), no lo puedo ocultar; estoy muy contento”. El resultado electoral en Colombia corroboraba su visión de la política, su “primero los pobres”. Y de pronto en una pantalla gigante del Palacio Nacional en la ciudad de México, frente a decenas de periodistas, se escuchó La Pollera Colorá: ​“...Es que estoy yo contento porque con su movimiento​ inspiración ella me da”. ​Con el triunfo de Petro para la presidencia, Colombia se suma a otros países con líderes de izquierda. En la lista están los presidentes de México, Argentina, Chile, Bolivia, Perú y la mandataria de Honduras. Y los dictadores de Cuba, Nicaragua y Venezuela. ​La fiesta está a la izquierda. No hay duda. ​El triunfo de Petro es muy similar al de López Obrador; se da frente a la derrota de los partidos políticos tradicionales. “A partir de hoy Colombia cambia, Colombia es otra”, dijo Petro en su discurso de victoria. “Aquí lo que viene es un cambio de verdad, un cambio real; en ello comprometemos la existencia, la vida misma.”

​La agenda de la izquierda está primordialmente con los menos favorecidos, con los de abajo, con los que han sido explotados por generaciones. Por eso no es de extrañar su resurgimiento en una América Latina que sigue siendo la región más desigual del mundo. El 10 por ciento más rico recibe el 37 por ciento de los ingresos, según un estudio de Naciones Unidas y publicado por la BBC. Mientras que el 40 por ciento más pobre de los latinoamericanos apenas obtiene el 13 por ciento de los ingresos. Y la pandemia solo ha acrecentado esta brecha. ¿Qué hace un latinoamericano azotado por el hambre, la discriminación, la falta de oportunidades, la mala salud y educación, la impunidad de carteles y pandillas, la corrupción de los políticos tradicionales y la violencia? Se va de su país (si puede). El pasado mes de mayo la Patrulla Fronteriza arrestó a casi 240 mil personas que entraron ilegalmente a Estados Unidos. Esto es un récord. De seguir así, unos dos millones de personas entrarán sin documentos a este país en el 2022. ​Y los latinoamericanos que no se pueden ir al norte votan por la izquierda, por políticos que no apesten a las viejas estructuras partidistas y por quienes les prometan un poquito de esperanza. Pero no quieren más de lo mismo. No podemos olvidar que los más pobres de los pobres ni siquiera tienen el dinero para emigrar. (El trayecto y el pago a los coyotes cuesta miles de dólares.) Y ellos son los que están escogiendo líderes nuevos. Petro, por ejemplo, ganó ampliamente en el pacífico colombiano y obtuvo 81 por ciento del votó en El Chocó. El millonario Rodolfo Hernández -que se desapareció de la campaña para irse a Miami y que no quiso participar en un debate- fue destrozado electoralmente en las zonas más pobres de Colombia. Las promesas de cambio y de mayor igualdad son bienvenidas en Colombia y en el resto de América Latina.

Sobre todo ante la posibilidad de una recesión global, como se discutió en el foro de Davos.

O al menos de una marcada caída de la economía planetaria. Pero lo que más me preocupa es que algunos de estos gobiernos de izquierda se quieran perpetuar en el poder y acaben con las frágiles y jóvenes democracias del continente. Las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua comenzaron con promesas democráticas y hoy asesinan, torturan, censuran, encarcelan a opositores y violan flagrantemente los derechos humanos. Es muy frustrante que varios de los presidentes elegidos democráticamente en el hemisferio -digamos AMLO en México y Alberto Fernández en Argentina- se nieguen a criticar en público los graves abusos cometidos por el nicaragüense Daniel Ortega, el venezolano Nicolás Maduro y el cubano Miguel Díaz-Canel. No saben el daño que le causan a su credibilidad y reputación al proteger a dictadores. Y la democracia también se erosiona. ​ No es lo mismo ganar unas elecciones limpiamente, como acaba de ocurrir en Colombia, que encarcelar a candidatos presidenciales como pasó en Nicaragua, realizar fraudes electorales como en Venezuela o reprimir a quienes pidieron una apertura democrática en Cuba en las protestas del 11 de julio de 2021.

No todos los líderes de la izquierda son iguales. Hoy la izquierda está de fiesta porque, por fin, está ocupando el poder. Y lo está haciendo de manera democrática y pacífica; sin revoluciones violentas, movimientos guerrilleros o golpes de Estado. Pero gobernar desgasta y en unos años el péndulo que tanto está beneficiando a la izquierda se podría ir para el otro lado. Mientras tanto, solo espero que gobiernen lo mejor posible para los más necesitados -que aterricen sus sueños- y que dentro de unos años entreguen el poder, sin demora, al que gane la siguiente elección. ¿Es mucho pedir una izquierda genuinamente democrática?

​En una vieja entrevista en marzo de 2018 le pregunté al entonces candidato presidencial, Gustavo Petro, si él creía que Hugo Chávez había sido un dictador en Venezuela. Los múltiples abusos, expropiaciones, actos de represión y censura del régimen chavista -y la brutal manera en que concentró el poder y terminó con la democracia en Venezuela- ya estaban bien documentados. Pero Petro le daba vueltas a la respuesta y hasta se puso hablar del cambio climático. Al final, luego de insistir mucho, contestó: “A mí me parece que (a Chávez) lo eligieron popularmente”.

​Espero que Chávez nunca sea un ejemplo a seguir para Colombia ni para ningún otro país del hemisferio. Y muchos podrían dormir más tranquilos si supieran que los nuevos líderes izquierdistas de nuestra región no admiran y respetan a tiranos populistas como él.

Hay una incapacidad, casi biológica, de los líderes más progresistas de América Latina para criticar a los dictadores izquierdistas de nuestro continente. ¿Por qué les resulta tan difícil decir: dictador Ortega, dictador Maduro, dictador Díaz-Canel? Tienen la lengua atorada. Ellos son igual de asesinos que lo fue el general chileno Augusto Pinochet.

Hoy la izquierda está de fiesta porque, por fin, está ocupando el poder. Y lo está haciendo de manera democrática y pacífica; sin revoluciones violentas, movimientos guerrilleros o golpes de estado. Pero gobernar desgasta y en unos años el péndulo que tanto está beneficiando a la izquierda se podría ir para el otro lado. Mientras tanto, solo espero que gobiernen lo mejor posible para los más necesitados -que aterricen sus sueños- y que dentro de unos años entreguen el poder, sin demora, al que gane la siguiente elección.

¿Es mucho pedir una izquierda genuinamente democrática?