Resiliencia es una palabra que está ahora mismo en boga. Los psicólogos la utilizamos para referirnos a la capacidad de enfrentar y superar la adversidad, una capacidad que lamentablemente se encuentra únicamente en un pequeño porcentaje de la población mundial (menos de la mitad).
Normalmente y es de esperarse, cuando un niño ha sido sometido a un ambiente adverso por mucho tiempo, tendrá muchísimas dificultades para enfrentar y superar las dificultades que la vida le irá ofreciendo. Así lo demuestran innumerables estudios al respecto.
Y cuando pienso en la maravilla que es poder contar con este tipo de fortalezas pienso inmediatamente en Abraham Lincoln, quien a pesar de haber experimentado demasiadas carencias y sufrimientos tempranos (como el que le ocasionó haber perdido a su madre a los nueve años), contó siempre con un espíritu entusiasta, el cual le sería de gran ayuda en el futuro.
Por cierto, que fue precisamente su madre, una mujer de carácter amable con inclinaciones intelectuales, quien animó todo el tiempo a el pequeño Abraham a estudiar, le enseñó la importancia que la escuela tenía y lo motivaba a diario para que asistiera, a pesar de las dificultades, dificultades como tener que caminar varios kilómetros dentro del bosque (descalzo) para poder llegar a clases.
Afortunadamente la mujer que su padre escogió para volver a casarse algún tiempo después de enviudar pensaba de igual manera acerca de la educación y no tardó mucho tiempo en convertirse en un apoyo para todos los hijos del Sr. Lincoln, especialmente para Abraham quien siendo ya el adulto sobresaliente que fue, contó en una entrevista que la segunda esposa de su padre había sido un importante soporte en su infancia y adolescencia, una gran amiga. Entonces, una señal que nos puede indicar resiliencia en un niño, es la alegría.
Un niño que acostumbra a jugar y cantar solo, es siempre un deleite para sus padres, pero además de eso está mostrando esa imaginación activa tan propia de la infancia.
Alrededor de los tres y cinco años ya lo vemos desarrollando el denominado “juego social” en el cual también platica con sus amiguitos imaginarios y con ellos mismos lo cual es algo positivo porque les ayuda a desarrollar el lenguaje y mejora su atención (deben concentrarse para no perder el hilo de la conversación), al adoptar roles aprenden a ser empáticos, así como también, al hablar en tercera persona están manteniendo distancia psicológica de la situación con lo cual su tolerancia se incrementa.
El pedagogo australiano Víctor Kaft nos dice que un niño que juega canta y platica solo, es un niño que está desarrollando habilidades interpersonales preparándose para lidiar con la frustración de una manera más rápida y eficiente, todo esto mediante la alegría.
Por si esto fuera poco, la psicología ha encontrado una relación entre la alegría infantil y la bondad. También el escritor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde había descubierto algo al respecto allá por el siglo XIX cuando aseguró: “El mejor medio para hacer bueno a los niños, es hacerlos felices”.