20/04/2024
01:38 AM

Introducción al liberalismo

Juan Ramón Martínez

Que la mayoría de los dirigentes liberales capitalinos –Flores, Rosenthal y Segura– no se comportan como liberales, significa que ignoran las teorías liberales y que ello les importa muy poco. Esto puede ser discutible. Requiere, entonces, hacer un esfuerzo para definir al liberalismo, como doctrina política, más allá de la simpleza, diciendo que “es liberal, todo lo opuesto a los nacionalistas”. Que un liberal no se le parece en nada a un nacionalista. Ir de lo aparente para conocer las raíces y a profundidad, puede permitirnos definir qué es el liberalismo.

Siguiendo a John Gray, el liberalismo desde una concepción del hombre y la sociedad, se basa en las consideraciones siguientes: privilegia el individualismo y resalta la primacía de la persona humana frente a exigencias de cualquiera colectividad. Y de consiguiente, es igualitario, porque le da “ a todos los hombres el mismo estatus moral y niega la aplicabilidad, dentro de un orden político o legal, de diferencias en la vida moral entre los seres humanos”. Tiene un carácter universalista, porque afirma “la unidad moral de la especie humana”. Y “concede una importancia secundaria a las asociaciones históricas específicas y a las formas culturales”. Es meliorista, “por su creencia en la corregibilidad y las posibilidades de mejoramiento de cualquier institución social y acuerdo político”. Perfectibilidad de todo lo humano.

En el liberalismo los individuos tienen derechos. El fundamental es la autonomía. Es decir, “la capacidad de tomar decisiones relacionadas con la expresión, la asociación, las creencias y, en la última instancia, la vida política” (Francis Fukiyama, El Liberalismo y sus desencantos).

Dentro de la esfera de la autonomía, “se enmarca el derecho a la propiedad privada y a realizar transacciones económicas”. Al final, este derecho a la autonomía individual incluye “el derecho a ostentar una parte del poder político a través del derecho al voto” y a la oportunidad de ser elegido. Este derecho, que es esencial a la naturaleza del hombre liberal. Encuadra el concepto de la soberanía popular que, reside, como enseña la Constitución, en el pueblo. Este derecho liberal limita el espacio de autonomía de los políticos liberales, de modo que no pueden abusar de su liderazgo, para someter a sus caprichos a los ciudadanos que, siempre, son superiores a sus líderes, llamados al servicio, con la calificación final dada por la satisfacción del pueblo servido. En el liberalismo, entonces, no hay espacio para los caudillos opara las autoridades supremas.

El liberalismo se desarrolla, crece y se multiplica en la democracia. Es ese su escenario natural. En el que priva el Estado de derecho, el cumplimiento de las reglas, la transparencia en los acuerdos, por medio de elecciones multipartidistas justas, periódicas y libres, mediante el sufragio universal.

Y se basa en el principio de legalidad porque opera en “un sistema de normas formales que restringen los poderes del Ejecutivo, incluso, cuando ese Ejecutivo haya sido legitimado en unas elecciones”.

De acuerdo a lo dicho, el liberalismo es antagónico con las visiones socialistas.

Tanto las democráticas como las autoritarias. De forma que es fácil, en la experiencia práctica, concluir que el Partido Liberal, en términos teóricos, no tiene nada que ver con Libre y su socialismo indeterminado.

Son dos posturas diametralmente opuestas”, llamadas a la competencia y a la lucha por la sobrevivencia. Es decir que, no hay forma de convivencia o cohabitación, sino es con el riesgo de la desaparición de una de las dos posturas.

Y que la colaboración, solo es posible dentro de las reglas democráticas. Aunque para un partido como Libre -que no disimula sus posturas autoritarias-su imperativo es destruir al PL.

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