La capacidad de reconocer a la otra persona como persona, sabiendo comprenderla y siendo capaces de adaptarnos de manera inteligente a la interacción con ella, puede ser una buena definición de “sensibilidad”. Ejemplo: llega un niño enojado al aula, no quiere hablar con nadie ni presta atención a la clase. En el descanso, la maestra se acerca y le pregunta amablemente, qué le pasa. Y el niño le explica que su abuelito está en el hospital muy grave. La maestra le da permiso para que la familia venga a buscarlo y le dice que le enviará las tareas para que las pueda hacer en casa. La maestra con sensibilidad, supo comprender al niño, y adaptarse inteligentemente a la situación.

En muchos conflictos personales y sociales, parece que la sensibilidad (así definida) se atasca, y quedamos bloqueados en las respuestas primarias de supervivencia. Cuando esto ocurre en un grupo social o una nación, entonces se hace más complejo y duradero, ya que la propia comunidad retroalimenta sus temores y justifica sus respuestas agresivas. La falta de sensibilidad colectiva se manifiesta por ejemplo en que a aquellos que vemos (sentimos) como una amenaza, no les llamamos por su nombre, sino simplemente “aquellos” o “enemigos”.

Esto parece que es algo común en las confrontaciones armadas que siguen existiendo en nuestro tiempo (diversas fuentes especializadas contabilizan más de veinte guerras y conflictos activos en 2022). El Papa hace meses llamó a esto “tercera guerra mundial por pedacitos”. Entonces a muchos les parecía que el Papa era muy exagerado, hoy en cambio, crece el temor de una escalada descontrolada del uso de las armas. Y el mismo papa Francisco es de las pocas voces que en estos momentos clama por una resolución pacífica y duradera de las guerras. La paz como camino para la paz. Es decir, el Papa pide “sensibilidad” para resolver los conflictos. La única manera de alcanzar una paz justa y estable es reconociendo mutuamente que el otro es una persona distinta a mí y mis intereses, pero que, al igual que yo, mantiene su dignidad humana.

Toda guerra, sin negar el derecho a la defensa proporcionada, no solo es una negación de la fraternidad humana, sino una ofensa a Dios. Es decir, todo conflicto armado puede tener causas internas y externas más o menos comprensibles, pero lo que es seguro es que se da por una respuesta basada más en emociones primarias (de supervivencia inmediata) que en análisis racionales (que busquen alternativas duraderas). En otras palabras, muchas veces se buscan razones para la acción, y no se actúa conforme a la razón. La oración cristiana es una herramienta que, en el silencio, une: razón, acción y revelación.

Los sentimientos son parte de las personas, pero solos nos pueden perder. Lo que nos hace avanzar personal y socialmente es la sensibilidad, es decir, la capacidad que tenemos de entender y sentir junto con el otro al que, incluso en medio de graves conflictos, reconocemos y respetamos.