Sobre todo desde que los estudios psicológicos se articularon y dieron a esta área del conocimiento la calidad de ciencia, hubo interés por conocer la capacidad intelectual de las personas. De alguna manera se creyó que a mayor capacidad intelectual habría mayor capacidad de adaptación al medio y a las circunstancias, y de ahí mayor satisfacción personal, más fácil acceso a la felicidad. Así, se le dio mucha importancia a las mediciones, a los test para determinar el rango en que se ubicaban niños, jóvenes y adultos, en una escala predefinida. La experiencia mostró después que no hay una correspondencia necesaria entre coeficiente intelectual y capacidad de adaptación y felicidad. Más bien se ha encontrado que muchas personas con CI muy elevado tienen problemas de adaptación y suelen ser “raras”. Los hijos “genios” resultaron ser una fuente de frustraciones e inquietud tanto para ellos como para sus padres. Encima, para alguna gente joven saber que su CI era muy alto resultó contraproducente, porque el dato sirvió de sustento para una actitud prepotente, soberbia, que los volvió insoportables.
Luego, hace más de un par de décadas, se comenzó a plantear que lo que realmente facilitaba la adaptación al medio y ponía al alcance de las personas una existencia satisfactoria era su inteligencia emocional, entendida esta como la capacidad de establecer relaciones armónicas con los demás por medio de una conducta empática, consciente de los sentimientos de los otros y capaz de negociar soluciones a distintos conflictos. La diferencia entre la posesión de un CI y el desarrollo de la IE está en que la segunda puede desarrollarse y la primera viene con la información genética del individuo. Lo óptimo resulta, pues, tener un CI promedio y trabajar los hábitos propios de una persona emocionalmente inteligente.
Sin embargo, el redescubrimiento de la ética nos ha llevado a hablar hoy también de inteligencia moral. Entendida ésta, básicamente, como la capacidad de actuar con apego a las normas éticas y saber diferenciar con claridad lo bueno de lo malo, saber reconocer cuando nuestras acciones nos deterioran como seres humanos o nos ubican en los niveles superiores de la escala hominal. Claro, la inteligencia moral exige la formación de la conciencia y la lucha cotidiana por adquirir y conservar hábitos éticos y virtudes humanas.
Lo cierto es que un individuo moralmente inteligente es un mejor ciudadano, un mejor compañero de trabajo, un mejor padre y un mejor esposo. La IM nos pone en un plano desde el que la felicidad resulta más accesible. Para poco sirve tener un CI por encima de la media o saberse llevar bien con los demás si somos incapaces de diferenciar lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo moral de lo inmoral.