Cerramos una década gubernamental lamentable la cual estuvo llena de fraudes electorales, violaciones de los preceptos constitucionales, manchas al honor de la república en las cortes internacionales, venta del territorio, y actos de corrupción que han lacerado la endeble economía.
Todo ello repercute en que miles de hondureños -como yo- estemos indecisos sobre acudir al circo electoral de noviembre, sabiendo por anticipado que el guion está escrito y que los actores solo irán a darle barniz de legitimación a la pantomima de mal gusto que es nuestra democracia.
Imagínese usted, estamos a merced de la continuidad de un estado fallido con el régimen oficialista a través de alguien que maneja los dineros del pueblo en sus cuentas bancarias personales, enemigo de los árboles y amigo del cemento; y al otro lado de la acera un exconvicto; un señor narcisista que cambia todos los días, y una señora que no tiene plan de país. Vaya drama para el pueblo hondureño que tras cuatro décadas de “vida democrática” sigue atado a la pobreza, no solo por elegir pésimos gobernantes sino, incluso, por llegar a convertirse en cómplice y adulador de los corruptos que roban sus esperanzas de tener un sistema de educación y salud dignos. La autoflagelación ocurre cada día que el menesteroso pueblo besa las manos de su propio verdugo.
Es así que los indecisos e independientes cada vez están más convencidos de que no sirve de nada acudir a las urnas cuando el poder detrás del trono ya decidió. Desafortunadamente en esta jungla política no hay opciones serias y convincentes que aseguren al menos el uso honesto y transparente de los recursos públicos: al menos con ello ya nos daríamos por satisfechos.