La primera impresión al entrar a aquella sala de redacción estuvo marcada por emociones diversas; por un lado, el entusiasmo de sentir muy cerca la realización de un sueño profesional, por otro, la ansiedad ante un escenario nuevo por explorar. El paso de las aulas de clases a la vida profesional no fue un momento fácil, como seguramente sigue siendo para muchas personas. Encontrar caras conocidas equivalía a detectar asideros para lograr cierta estabilidad.
Allí, entre todas las caras nuevas, estaban algunos compañeros de clases que habían iniciado sus carreras periodísticas: Nelson García y Carlos Alfredo Menjívar, en deportes, por ejemplo, y en su cubículo, silencioso y enfocado, estaba René Orlando Gavarrete, ya para entonces editor del suplemento Negocios y La Prensa Dominical.
Gavarrete me saludó como siempre, con una frase amable, una sonrisa y la mano extendida. Encontrar allí al otrora presidente de la Asociación de Estudiantes de Periodismo del entonces Centro Universitario Regional del Norte (CURN), fue un alivio en aquel momento de estrés.
A los pocos días, fui asignada a la edición de noticias internacionales, para cubrir el permiso de maternidad de la editora a cargo. Nuevamente Gavarrete se acercó y me dijo: es una gran oportunidad, yo también inicié por allí. Tendrá acceso a la redacción más pulida de las agencias de noticias, aprenda de esta experiencia. No se equivocó, años después esa experiencia fue decisiva en mi vida profesional.
René no era un hombre bullicioso, más bien era una persona observadora, de palabras cuidadas y gestos suaves. Ahora, al escribir sobre él en pasado, me invade el enorme pesar que suelen dejar aquellas personas valiosas que se van pronto.
A lo largo de la vida, tuve oportunidad de coincidir profesionalmente con él en diversas facetas y siempre se mantuvo en la misma línea: discreto, de convicciones firmes y de buen trato.
Dedicado a la docencia desde muy joven, apasionado de la enseñanza a las nuevas generaciones de comunicadores y periodistas. Nos encontramos como docentes en los pasillos de la Universidad de San Pedro Sula (Usap), como también en este espacio editorial, que nos dio lugar cuando aún estábamos muy jóvenes, dando paso a una nueva era de columnistas, apoyados por quienes fueron nuestros maestros y tenían a su cargo la dirección del diario y la sección editorial.
La semana pasada, encontrarme con un mar de jóvenes estudiantes que despedían a su maestro de géneros periodísticos, agradecidos por lo aprendido no solo en términos profesionales, sino de manera especial de su calidad humana, fue verdaderamente conmovedor. Coincidimos en la tristeza los compañeros de aulas, de sala de redacción, de profesión y de camino de vida; coincidimos en un mismo sentimiento con los maestros y las nuevas generaciones, con gratitud por lo compartido y solidaridad con su esposa María Elena y su hijo.
La despedida a René Gavarrete nos hizo recordar que el único requisito para morir es estar vivos y que, desde la fe, esto es solo un paso a la vida eterna. También nos brindó una poderosa lección, como docente hasta su último momento: En un mundo de ruido, las voces que cuentan son aquellas que nacen de un propósito firme.
Lo que nos permite trascender son las huellas valiosas que dejamos en los demás. ¡Y vaya que él lo logró! Que el dolor de la pérdida repentina de René Gavarrete dé paso al recuerdo de sus lecciones y sus frases que resuenan en el gremio periodístico: “Vean el periodismo con responsabilidad y no olviden la misión para la cual fueron formados. Que no traicionen al país, a la universidad, a sus familias y que no se traicionen a sí mismos”. ¡Gracias, René!