En 1968, un joven inglés descubrió en Choluteca que el liderazgo de las aldeas se basaba en sus relaciones con la capital. Nadie le ha dado continuidad a esto. Tampoco nos hemos preguntado por qué, fuera de la emigración estadounidense, palestina e italiana –estimuladas por el boom bananero de principios del siglo XX– los emigrantes españoles en la década de los 30 del siglo anterior se fueron para México; de los cubanos del XIX solo se quedó el maestro Flores. Y de los alemanes expulsados por Hitler, muy pocos recalaron en nuestras costas. Y que, además, muy pocos intelectuales y estudiosos de nuestra América nos visitaron. Vasconcelos, pese a la amistad con Rafael Heliodoro Valle, nunca vino a Tegucigalpa; tampoco José Martí quiso entrar a la capital y a caballo, recorrió un territorio vacío y sin que nadie mostrara interés, al grado que el gobierno le quedó debiendo por las colaboraciones para el periódico oficial que le había contratado. Tampoco nos visitaron Alfonso Reyes, Richard Morse, Aldo Frank, Unamuno, Mundro, Woodward u Ortega y Gasset. Rubén Darío en 1916, en camino a la muerte, cuando su embarcación estuvo frente a Tela, no quiso tocar suelo hondureño.

Entre las figuras literarias nos visitó O Henry, huyendo de la justicia de su país y un exministro paraguayo que encontró asilo aquí, sin que nadie lo entrevistara. Por ello su nombre no lo recordamos.

La excepción fue Jon Lee Anderson que trabajó en las bananeras; pero sin que escribiera ninguna crónica sobre Honduras. Es decir que somos una sociedad plana, que no despierta interés, fuera de algunos estadounidenses que antes de graduarse, llegaron a hacer sus tesis sobre temas nacionales. O Ricardo Puerta, intelectual cubano que se ha quedado entre nosotros, compartiendo penas y alegrías. Y Augusto Serrano, temporalmente.

Carecemos de pensadores. Las ideas son pecados. En 2005 dije que era intelectual. Lucas Aguilera se escandalizó. Pensar aquí no vale. Los que han pensado muestran muchas falencias: admiración rural por los extraños al margen de sus méritos; creencia que el gobierno es padre generoso que resolverá nuestros problemas; adhesión a la familia como vínculo de confianza; y, admiración por la fuerza de los caudillos. La popularidad de la alteración del relato histórico, llamando dictadura el periodo de 2009 a 2022, es indicación que no hay duda metódica, ejercicio crítico y admiración por la discusión de las ideas. El escolasticismo que Rosa denunció sigue dándonos obedientes servidores e intelectuales que, en vez de pensar, repiten ideas pasadas de moda, fracasadas en Europa y América Latina.

Lo peor del pensamiento político es la creencia que el poder es premio para los triunfadores y que, con él, pueden violar la Constitución, irrespetar a las mujeres y a los pobres. Los comportamientos de los diputados Rivera y Castellanos, ofendiendo a mujeres, no ha recibido crítica alguna. Se supone que machos con poder, pueden hacer lo que les plazca.

Estas ideas son responsables del atraso. Los discursos muestran ignorancia y falta de pupitre de gobernantes, universitarios o no, que les hace pasar por alto los resultados de la historia, los hallazgos fulgurantes y las claves para evitar los errores del pasado. Hay una persistencia en la dependencia emocional y política.

La libertad no es prioridad, sino que el aplauso de afuera, la dádiva de los visitantes y la autocomplacencia a partir de la aceptación. Nuestros políticos no quieren ser ellos, sino que imitadores. No hay discurso original y quienes lo hacen para que los lean los gobernantes, no manejan fórmulas ni ideas nuevas que den esperanza. Muchos creen que Honduras es una nación imposible. Morazán fue el primero.