Hasta el día de su muerte, ocurrida en el atardecer de la vida, don Vicente Sierra fue feliz al lado de su compañera Reyna Idalia Obando a quien conoció en los campos bananeros de Olanchito. “Tuve una juventud muy acelerada”, me comentó hace algunos años don Vicente, quien fue barbero, sastre y trovador e hizo todas las labores de la bananera, entre ellas embolsar fruta. Gracias a su don de músico nato logró conquistar a Reyna Idalia cuando ella solamente tenía 14 años y ambos vivían en Ocote Campo de aquel municipio.

La cipota se quedaba extasiada escuchando al muchacho tocar la guitarra en las gradas del barracón contiguo al de ella en tardes olorosas a guineo en mata. Una vez Reyna Idalia se enojó con él porque se había ido a otro campo sin comunicarle, así que cuando regresó le dijo que ya no seguirían de novios. Entonces él, por la ventana que los separaba, comenzó a cantarle la canción con sabor a despedida La Barca de Oro, acompañándose de su guitarra. “No volverán tus ojos a mirarme, ni tus oídos escucharán mi canto...” ni bien había terminado Vicente su canción cuando la cipota estaba con su rostro bañado en lágrimas pidiéndole que se quedara. Esa noche planearon la fuga a otro campo bananero. Ella sabía que de hambre no se iba a morir por las muchas habilidades que su futuro marido dominaba. Por aquellos tiempos era común que en comunidades pequeñas, los galanes se robaran a las novias si los padres de estas, por diversas razones, no aprobaban el noviazgo. En las horas más pesadas del sueño, la enamorada saltaba por la ventana para caer en los brazos de la esperada felicidad conyugal.

Reyna Idalia contó que a los dos años de la fuga se trasladaron a San Pedro Sula donde, con el tiempo y sus tres hijos crecidos, cumplieron sus sueños de legalizar su unión, ella con un vestido nácar y él con su guayabera blanca de barbero.

Casos como el de esta pareja demuestran que no son las cintas blancas ni las bodas suntuosas las que afianzan una relación matrimonial, sino el amor y la mutua comprensión. A veces, ni han terminado de secarse las flores del altar frente al cual el hombre y la mujer juraron amarse “hasta que la muerte nos separe”, cuando ambos ya están mostrando sus garras desafiantes, ocultas en el noviazgo. Por supuesto que debe haber desavenencias en una pareja de casados o amancebados, pero las mismas deben limarse con la fuerza del amor. La otra vez leí la historia de una pareja que cumplió 60 años de feliz vida matrimonial. Un periodista les preguntó cuál era la clave para haber recorrido tan largo camino de dicha sin pleitos, y ambos coincidieron en que, “sí hubo peleas a veces fuertes, pero nunca nos fuimos a acostar sin haber reconciliado”.