18/04/2024
07:23 PM

Guatemala, democracia a prueba

Juan Ramón Martínez

Lo ocurrido en Guatemala confirma que la democracia está acosada. Las acciones de la Fiscalía, la actitud de los diputados por inhabilitar a congresistas de Semilla, el silencio del ahora exmandatario Alejandro Giammattei y la pasividad de las Fuerzas Armadas, son preocupantes. El presidente Bernardo Arévalo lo tiene difícil. Guatemala es parte de una región amenazada por vientos autoritarios. Y la sociedad política, económica y social está muy fragmentada. Indígenas, ladinos y “blancos” forman compartimientos estancos, sin fluidos mecanismos de comunicación. Los indígenas son los más ofendidos del continente, con la excepción de los mejicanos. Sus vestidos, diferenciados entre pueblos, para impedir la integración y favorecer la explotación, evidencian la falta de oportunidades; y la prueba que muy pocos están interesados en su desaparición, por amor al turismo o por la necesidad de contar con mano de obra barata.

La situación política en la que los indígenas han salido a bloquear carreteras es la indicación que la división existe; y que desde la emergencia suya en la vida política, ahora se ha iniciado un proceso de tensión en que los dos bloques que estarán allí, presionando y luchando, sin que la lógica de la integración coloque en primer lugar a los pobres, en base a acuerdos para lograr la forja del Estado nacional. Bernardo Arévalo, hijo de Juan José Arévalo, el primer presidente democrático en el siglo pasado, asume el Ejecutivo al frente, en una dicotomía amenazante, tiene a la fiscal Consuelo Porras en actitud amenazante. Sin representar a nadie, porque la idea de sociedad es inexistente. Constituye un incordio que afectará su mandato. Lo positivo: la oposición no será política, sino que institucional.

El Ejecutivo, con el respaldo de la ciudadanía, para poder neutralizarla, requerirá dominarla o cooptarla. Para lo que necesitará orden, disciplina y mucha habilidad.

La tarea es enorme. Necesitará talento, sabiduría y habilidad para sacar adelante su programa. El esfuerzo para resolver las enormes grietas que dividen a esa sociedad, poniéndole un dique al racismo destructor que orienta el comportamiento colectivo en el que los pobres son además indígenas, es tarea titánica. Arévalo sabe que la fractura que divide a Guatemala no puede ser pasada por alto. Requiere visión de estadista y voluntad para enfrentar los peores peligros. Aquí, en Tegucigalpa, durante su visita, se dejó atrapar con facilidad por la dinastía Zelaya, sin interés de compartir con la ciudadanía; y, menos, vincularse con las elites políticas. El que haya permitido que lo encerraran en Palacio, ilustra que no tiene el talante de un demócrata interesado en grandes transformaciones. Ni voluntad de cercanía con los hondureños por lo que no hay que hacerse ilusiones. Su discurso político es bastante limitado. La oposición de Guatemala es sangrienta y peligrosa. Los presidentes van armados para evitar las trampas del golpe de Estado. No basta con dominar la corrupción. Es un paso necesario ante la crisis de un Estado deformado. Pero hay que liberar las fuerzas del mercado, es decir a la mano de obra indígena para crear las bases del desarrollo. La oligarquía guatemalteca que anima la oposición, no solo es corrupta, sino que, opuesta a cualquiera reforma que elimine el trabajo esclavo y las leyes útiles para el manejo fácil de sus negocios. De forma que la lucha de la corrupción aislada es como quitarle garrapatas a un vacuno enfermo que, si se las quitan morirá; solo afectada por debilidades propias que, la harán colapsar.

Consuelo Porras es un problema. Pero el camino correcto es primero el desarrollo, que pasa por la neutralización de las élites autoritarias y la concertación de un bloque democrático, sólido con un pacto para avanzar. No hay alternativa.

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