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Estamos avergonzados por lo que hizo un policía estadounidense a otro estadounidense. La diferencia entre el victimario y la víctima es el color de la piel. Uno se cree blanco y el otro era negro. Los dos, seres humanos, miembros de una sociedad creada en nombre de Dios, pero diferenciada por las religiones – sectas que abundan como en ninguna parte del mundo– que privilegian la libertad; pero la constriñen en el interior de los iguales. Y que, han hecho de la diferenciación, la clasificación por cuestiones raciales y el territorio, la base de la identidad; la fuente de la desigualdad y la injusticia.

En todas partes hay injusticia. En Honduras la vemos en cualquier dirección donde dirijamos la vista. La diferencia es que la desigualdad está en el ADN de una sociedad contradictoria. Hay más negros en las cárceles que blancos. Explicable porque los negros son mayoría. Lo incomprensible es que haya más policías blancos que negros. Y que anualmente, hasta mil personas – la mayoría negra— mueran por disparos de policías blancos y que de todos los enjuiciados, solo tres terminan ante un juez o un jurado.

Los primeros discriminados fueron los católicos alemanes. Y la esclavitud no fue exclusiva de los negros. Eran la más “natural” y sin salida. Pero en un momento, también fueron esclavos –por tiempo determinado– blancos pobres, que no podían pagar el pasaje desde Europa a Estados Unidos. Aunque Lincoln suprimió la esclavitud, sobrevivió como segregación. En los buses, los negros ocupaban los últimos asientos. Y fue Eisenhower quien en Little Rock usando a los militares, impuso el derecho a que una joven negra ingresara a la universidad. Y que solo desde 1968, bajo el liderazgo de Martin Luther King, que fuera asesinado por motivos raciales, durante el gobierno de Johnson, se emitieran leyes que favorecieran la igualdad, imponiéndose, consistente con la cultura y el idioma: la “discriminación” positiva que, obliga a las universidades a darle ingreso proporcional a las minorías.

Lo diferente en este caso es que desde la Guerra Civil, que terminara en 1865, cuando el norte derrotó al sur esclavista, Estados Unidos no había tenido un gobernante aislacionista en lo interno y en lo externo, del cual se burlan los demás gobernantes del mundo y discriminador como Donald Trump, que no solo ha perdido su calidad de actor de la unidad en su país, sino que además liderazgo mundial. Mattis ha dicho que la fuerza externa de los Estados Unidos se basa en las alianzas.

La muerte de George Floyd viene a confirmar que Trump igual que en el exterior, en el interior de su país, no une, sino que divide. No busca integrar, sino que separar, pasando por alto que esa debilidad de su país es la debilidad de occidente. Y que no hay ninguna conspiración, sino que falta de líderes que unan a los pueblos de Estados Unidos. Y que representen la democracia occidental. Hoy amenazada, por un irresponsable policía “blanco”.

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