Recuerdo con claridad cuando éramos niños y enfermábamos, la visita al médico de la familia incluía, aparte del examen clínico, la aplicación de la temida inyección de un líquido rojo, y con eso santo remedio. Nada de exámenes de laboratorio o imágenes. Era una buena medicina, eficaz y nada complicada. Prueba de ello lo constituimos nosotros, los “baby boomers”, la generación más productiva de esta civilización, que aún andamos por allí dando lecciones del buen vivir. La medicina actual, al igual que los tiempos, es más complicada.
Desde la década de los noventa se ha visto un incremento constante de casos de autismo (del griego, autos, ensimismarse). A mediados de los 70, la prevalencia se estimaba en 1 de cada 5,000 niños, a mediados de los 80 en 1 de cada 2,500 y al día de hoy ronda en 1 de cada 68 niños en EUA. Entendidos dicen que esto se debe a que desde 2013 se ha ampliado la base de criterios diagnósticos para la enfermedad, que ahora se engloba bajo el término trastornos del espectro autista (TEA). Otros opinan que están sobrediagnosticando casos. Es un diagnóstico eminentemente clínico y como tal puede tener variaciones de interpretación de un médico a otro. Pero una vez hecho el diagnóstico, nadie tendrá el valor de desclasificarlo. No se conoce su causa exacta, no hay estudios de laboratorio concretos y no existe un tratamiento específico.
Como sea, es un diagnóstico devastador para una familia. Paradójicamente, para mejorar la inclusión (la palabra de moda) de estos niños les colocaron un rótulo llamativo y crearon un ambiente especial para ellos. Los envían a escuelas especiales, con terapistas especiales. Realmente los excluyeron a ellos y sus familias.
Si autismo estigmatiza, TEA lo magnifica y sobredimensiona. En sus hogares, nadie quiere cuidarlos, ni empleados ni familiares, eso obliga a que su madre deje de trabajar, a veces sus padres se divorcian, incapaces de resistir la presión. El diagnóstico causa una debacle en la armonía y economía de las familias. Si la vida es una lucha diaria para los hogares hondureños, un diagnóstico así los deja estupefactos, derrotados, desconsolados.
Esos padres de familia no logran entender cómo la medicina actual, tan avanzada, lejos de simplificar el problema lo complicó. Lejos de aminorar su carga la volvió insoportable. No ven una salida compasiva para ellos. Se sienten desamparados, impotentes.
Sí, la medicina es menos amigable ahora.
A veces desconcierta.