La especialización del conocimiento

“El que mucho abarca, poco aprieta”, dice el dicho popular. Este refleja una creencia de que el rango de acción o conocimiento va en proporción inversa de su profundidad.

Con el paso del tiempo, el grado de especialización que la sociedad y el mundo laboral exigen es mayor, con el beneficio de permitir un mayor crecimiento, pero con el desafío de limitar el espacio individual.

En la prehistoria, el conocimiento humano era muy limitado, y cada persona debía ser capaz de realizar las tareas comunes para poder sobrevivir.

El desarrollo de la familia (y después de la tribu y el estado) es posible gracias a esta especialización, creando divisiones en el trabajo que permiten una capacidad mucho mayor de acción colectiva que la que tendría cada quien individualmente.

El conocimiento general era de un solo tipo, y el ser educado era una forma general de especialización (contrapuesto a ser agricultor o artesano, por ejemplo).

En su educación, la sociedad solo distinguía entre personas más o menos educadas (a excepción de algunos conocimientos técnicos especiales como religiosos o medicina).

La filosofía griega abarcaba todas las esferas del conocimiento humano y los romanos definían como “Litterae” (letrada) las sumas de su cultura intelectual, la cual definía el espacio y los términos de sus carreras públicas.

Con la llegada del renacimiento, la acumulación de conocimiento humano se fue volviendo muy grande, lo que hacía imposible la existencia de un cuerpo general de conocimiento o un solo espacio que abarcara las artes, la ciencia y la técnica.

La personalidad de artista, filosofo, científico y técnico comenzaron a coincidir menos en la misma persona.

Como cada una de estas áreas iba avanzando, para poder ser productivo en las mismas se iba volviendo necesario estudiar y practicar más.