Más que una doctrina o un sistema organizado de conceptos e ideas, el anticomunismo es algo así como una pasión primaria, un sentimiento radical de rechazo y condena.

Se conforma en base a la negación de lo que pretende rechazar (el comunismo), siendo incapaz de generar su vida ideológica propia.

Es como un pensamiento parásito, sanguijuela intransigente adherida al organismo social.

Pero no solo eso. El anticomunismo, sobre todo en la época de la guerra fría después de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en algo así como un floreciente negocio, una próspera empresa de divulgación de infundios y generación de consignas, a veces tan descabelladas como irracionales.

Incluso se llegó a hablar de la “industria del anticomunismo”, como si se tratara de una actividad más económica que política, más mercantil que ideológica.

Sus orígenes se remontan al siglo pasado. En 1848 fue publicado el célebre documento llamado “Manifiesto comunista”, un brillante alegato filosófico redactado a dos manos por los entonces jóvenes alemanes Carlos Marx y Federico Engels.

Casi al mismo tiempo, como era de esperar, surgieron los adversarios ideológicos que criticaron su contenido y rechazaron sus propuestas.

Pero aquel debate era uno de altura, cargado de reflexiones profundas y de argumentos filosóficos de difícil cuestionamiento o rechazo.

Los adversarios ideológicos, casi siempre, eran pensadores que analizaban las ideas ajenas, las sometían a minuciosos análisis y les oponían las suyas propias.

La discusión era saludable y provechosa. No existía entonces el anticomunismo tal como le conocemos ahora.

Después de la Revolución rusa en el año 1917 y luego de los frustrados levantamientos revolucionarios húngaro y alemán en 1919, así como el triunfo electoral del nacional socialismo hitleriano (nazismo) en 1933 en la misma Alemania de la primera posguerra, el anticomunismo, como instrumento político de lucha ideológica, fue cada vez tomando más fuerza y convirtiéndose en un mecanismo consustancial e inherente a la guerra fría.

Aquí, en estas honduras, los anticomunistas tuvieron también sus momentos de auge y bullicio, sobre todo en la segunda mitad del siglo anterior. En los años sesentas, setentas y buena parte de los ochentas, grupos de estudiantes derechistas, armados de consignas anticomunistas, de garrotes y pistolas, pusieron de moda lo que justamente se llamó la “época del gansterismo estudiantil”.

El campus universitario quedó convertido en una especie de teatro bélico, un espacio político disputado con altavoces, palizas y agresiones. Las armas, abundantes y de fácil adquisición, suplantaban a las ideas, tan escasas como peligrosas.

El fuego consumía los libros y la Editorial Universitaria, de la cual yo era entonces director, ardía en una pira de brutalidad y barbarie.

Eran tiempos de inquisición e intolerancia. Y cuando creíamos que ya todo esto había quedado superado, o al menos relegado al discreto olvido, comprobamos, no sin asombro, que en la actual campaña electoral, tal como sucedió en la del año 1993 cuando Carlos Roberto Reina derrotó a Osvaldo Ramos, el anticomunismo vuelve por sus fueros y pretende retoñar.

Otra vez leemos o escuchamos las consignas aquellas que denuncian supuestos despojos de viviendas o, algo peor, matanzas indiscriminadas de niños y adolescentes. Nuevamente aparecen los heraldos de la violencia y la intolerancia, armados con sus lemas provocadores y sus absurdas alertas contra el supuesto peligro comunista.

Parece que los publicistas del régimen no aprenden las lecciones de la historia. Olvidan que en 1993, una campaña semejante les llevó al fracaso y la derrota, porque las consignas del anticomunismo resultan obsoletas en este nuevo mundo de globalización y redes sociales, de información abundante y de tecnologías múltiples. En estos nuevos escenarios, los anticomunistas de ayer lucen como dinosaurios extraviados, activistas despistados de una causa hace tiempo perdida. Me recuerdan el brevísimo texto de lo que algunos llaman “la novela más corta del mundo”, del ya fallecido autor guatemalteco/hondureño Augusto Monterroso: “Cuando el hombre despertó, el dinosaurio aún estaba ahí...”.