Una de las cinco áreas críticas del gobierno es su política exterior. No tanto por los compromisos del pasado; o, las presiones de los grupos de interés y la cultura hondureña, sino porque pasando por alto nuestra condición periférica y subordinada, buscamos colocarnos entre dos gigantes, China y Estados Unidos, tratando de mostrarnos más hábiles e inteligentes que sus dirigentes que, están implicados en una guerra de baja intensidad.
Y sin contar con diplomáticos experimentados y con suficientes habilidades para moverse en dos espacios contradictorios: Washington y Pekín.
Por ello, es evidente que detrás de la ingenua esperanza que China resolverá, nuestros problemas, exhibimos dos muestras de incompetencia. La primera, el pedregoso camino para alejarnos de Washington y entregarnos en manos de Pekín.
El paso de un trapecio al otro, pasa por un momento cero, en que estamos solos; y necesitamos que tanto el que nos empuja, como el que nos atrapará, dejen sus juegos y en vez de peón, nos vean como socios confiables.
Ello, provoca ansiedad y miedo justificado. La segunda debilidad es, la lucha partidaria por el nombramiento del embajador en China.
Para enfrentar el problema de Washington, la Cancillería ha caído en la cuenta que Soto Bu, carece de influencia y capacidad para convencer a los estadounidenses que no somos una nación enemiga.
El obstáculo es que el gobierno de Castro maneja dos discursos contradictorios: por una parte, simpatía y adhesión a los valores democráticos y a la libre empresa; y por la otra, uno opuesto en que se rechaza a los organismos financieros internacionales, se critica las políticas estadounidenses; y se afirma además, que el modelo a seguir es el de la Cuba soviética, con especial rechazo a la iniciativa privada. Nombrar a Shannon y Llorens, para que convenzan al gobierno estadounidenses que Libre es confiable, es una decisión impopular, porque huele a pago de favores por un gobierno contradictorio, ambiguo e incluso autista que, falto de liderazgo, un día dice una cosa; y, los cabilderos, lo contrario.
Los analistas del Departamento de Estado, confían más en sus informes que, en los cuentos de dos ex funcionarios, amigos de la familia Zelaya. Olerá más a pago de favores a Shannon y Llorenz, que contaminará al Potomac.
Este no es el único problema. También, el nombramiento del embajador en China, --que creen que es más premio por las luchas revolucionarias que, un servicio a Honduras--, ha mostrado las dificultades de un régimen integrado por diferentes visiones y que, interiormente es un hervidero de contradicciones, luchas e intrigas. La solución encontrada, nombrar una persona famosa, en el campo científico; no en la política y menos en la diplomacia, resuelve las dificultades domesticas; pero no asegura resultados en un cargo que, exigirá paciencia, habilidad para no perder los estribos; ni menos dejarse derrotar por la ansiedad. Moncada no tiene, experiencia diplomática.
Es nuestro científico más famoso. Pero la tarea que se le confía no es científica. Y el espacio donde trabajara, no favorece el prestigio; ni la credibilidad internacional. Habría sido mejor acreditarlo en Naciones Unidas. O Londres para relacionarlo con la nobleza inglesa.
El cargo pudo darse a un militante de Libre; o, a un diplomático profesional. Dos ex cancilleres, Roberto Flores Bermúdez y Mario Fortín; o, a un embajador, Iván Romero, que nos habría garantizado mejor el cuidado de los intereses nacionales con los chinos que, son duros y difíciles de manejarse con ellos. Libre, no confía en profesionalismos porque prefiere lealtades y fidelidades. Y consideran que Salvador Moncada será un hombre obediente, cosa que dudamos de cara a sus antecedentes. Es, un científico completo.