El acontecimiento nos hizo recordar una vez más lo pequeños que somos ante el poder de la naturaleza y lo poco preparados para afrontar una agenda de riesgos por desastres naturales que parece ser cada vez más amplia e intensa.
La falta de protocolos de actuación ante sismos, debidamente socializados y comprendidos es tan solo una muestra de lo mucho que nos falta por generar conciencia en las organizaciones y en la sociedad sobre temas como este.
Seguramente podemos pensar que los sismos no son habituales en Honduras y que es difícil estar preparados para algo así, pero la historia reciente también nos demuestra que no existe una cultura de prevención de riesgos ni para otro tipo de fenómenos, como los huracanes. Es cuestión de dar un vistazo a lo acontecido el año pasado con las tormentas tropicales Eta y Iota.
En plena temporada ciclónica 2021 habría que revisar objetivamente y fuera del interés político que despierta la cercanía de las elecciones, cuál ha sido el avance en las obras de contención dañadas por lo ocurrido, para darnos cuenta si en verdad hemos dado pasos sustanciales en la prevención de contingencias por este tipo de eventos, que a diferencia de los sismos, sí pueden prevenirse.
Si no estamos preparados para lo evidente, para aquello que se anuncia constantemente en redes sociales por instituciones especializadas como el Centro Nacional de Huracanes, en Florida, Estados Unidos, es menos probable que sepamos cómo actuar en caso de un sismo.
Después del temblor y con el susto en el alma, entonces pensamos en compartir protocolos copiados de otras latitudes, como una forma de aferrarnos a algo ante la incertidumbre del momento. Pero rápido la conciencia vuelve a su larga siesta y poco a poco el tema va quedando atrás, como suele pasar en Honduras.
Solo los mensajes de texto de Copeco que recibimos en el celular quedan como recordatorio que estamos demasiado enfrascados en el cumplimiento y en la reacción, más allá de la construcción de una verdadera cultura de prevención.
El temblor nos estremeció un poco, pero a muchos solamente les movió las emociones, no permeó más allá y bien sabemos que las emociones suelen ser pasajeras.
Trabajar por un verdadero cambio cultural orientado a la prevención implica redoblar esfuerzos en materia de educación, con una visión de mediano y largo plazo, que no coincide con calendarios electorales.
Para lograr incidir en la cultura en una organización -no digamos de una nación- se requiere de un trabajo constante de sensibilización y educación de por lo menos cinco años.
La gestión de riesgos debe ser parte fundamental no solamente del Gobierno, sino también de las municipalidades y de las organizaciones en general.
No es un secreto que Honduras es unos de los países más vulnerables a riesgos climáticos, como los huracanes, las tormentas tropicales y las inundaciones, pero también las sequías, todos con un impacto sustancial en la situación de pobreza y la falta de oportunidades para el desarrollo.
Después del temblor, actuemos. Tengamos presente que la gestión de riesgos debe ser parte de nuestro día a día, en el hogar, en los centros de trabajo y en todas las organizaciones. Conocer cómo actuar es importante; pasar de lo planteado en papel a la acción es vital. Cuando somos conscientes de que la vida puede depender de ello, la perspectiva cambia. Si el temblor despertó la conciencia, ¡que no se duerma!