Cierto maestro de un seminario bíblico les planteó el siguiente dilema a sus alumnos. Este consistía en una antigua anécdota rabínica de una mujer que tenía dos hijos: uno era jardinero y el otro, alfarero. El primero le pedía a su madre: “Ora a Dios para que llueva y así se rieguen mis plantas”. El segundo, por su parte, le decía: “Pide a Dios que haya buen sol para que se sequen mis vasijas”. “¿De qué lado se pondría el Señor?”, preguntó el profesor. Luego de varios minutos de discusión, donde unos se decantaban por el jardinero, otros por el alfarero y algunos se abstenían de dar su opinión por la escasez de información, el catedrático dio la respuesta. “El Señor no estaría ni del lado del jardinero ni del alfarero, porque Dios está únicamente del lado de Dios, su soberanía y voluntad no están subordinadas a los deseos nuestros”.

Esto mismo es lo que vemos registrado en el breve relato de Josué 5:13-15. En esta ocasión, mientras el pueblo de Israel se prepara para entrar y conquistar la tierra de Canaán, Josué, el líder israelita, se encuentra en el camino a un guerrero con espada en mano, el cual se identifica como el comandante de los ejércitos celestiales de Dios. Y le pregunta: “¿Eres de los nuestros o del enemigo?”.

En este punto, cualquiera podría pensar que la respuesta es más que obvia: Estaría con los israelitas. Porque, al fin de cuentas, ¿no era el Señor quien los había convocado para enjuiciar el pecado de los pueblos cananeos? Sin embargo, la respuesta del capitán fue sorpresiva: “¡De ninguno!”.

De esta manera quedaba claro que Dios no estaba del lado de Israel, sino que Israel tenía que estar del lado de Dios. ¡¿Cuántas religiones y confesiones cristianas afirman que el Señor los respalda solo a ellos?! ¡¿Cuántas personas hacen sus propios planes y esperan luego que Dios los bendiga?! El Señor no se va a alinear a nuestra voluntad, somos nosotros los que tenemos que alinearnos a la Suya, si queremos que nos vaya bien. Entonces, ¿de qué lado está usted?