Si usted es observador habrá notado que cuando nace un bebé siempre se pregunta si es hembra o varón. Nadie, sin embargo, pregunta si ha nacido un médico, un ingeniero o una experta en computación. La razón es simple, los bebés nacen sin profesión u oficio. Es más, nacen sin ropa y sin saber hablar. Dependen enteramente, indefensos, del amor de sus padres para subsistir, por eso lloran cuando tienen hambre para obtener comida, y cuando tienen frío para obtener abrigo.

Saquemos una lección de esto. Al nacer hay ya escritos en nuestros cromosomas lo que recibimos de nuestros antepasados, tal como el color del pelo, de la piel, de los ojos y muchos otros rasgos físicos. Por otro lado, ¿se ha detenido usted a pensar en todo lo que aprendemos y utilizamos después de nacer? Si no hubiera usted aprendido a leer, no podría estar leyendo esta columna. Además, quizá sin saberlo usted, ha aprendido cómo manifestar o no sus sentimientos. Y hasta a enfocar sus problemas para resolverlos y crecer, o para ser aplastado por ellos. ¿Un ejemplo? Hace años conocí en la Ciudad de México a un hombre de negocios de mucho éxito. Era todo un triunfador. Sin embargo, me confesó que tenía un punto débil que lo hacía sentirse muy mal. En sus propias palabras: “En mi familia no podemos hablar en público, en eso somos nulos. Incluso yo he rehuido algunos honores con tal de no enfrentarme a un grupo y dirigirle unas cuantas palabras”. Le expliqué que aún cuando algunas personas tienen una habilidad nata para hablar en público, esto es algo aprendido. Se requiere adquirir los conocimientos básicos y practicarlos para desarrollar la habilidad y la destreza necesaria. Esto desarrolla una formidable autoconfianza. Le garantizo, concluí, que una vez que lo haga bien, lo disfrutará. Tomó el curso Dale Carnegie y la historia tiene un final feliz. La esposa me dice que ahora lo buscan como orador en clubes y asociaciones de toda índole.

LO NEGATIVO: Creer que nuestras deficiencias son “de nacimiento”.

LO POSITIVO: Comprender que, junto con la vida, Dios nos da la obligación de formarnos para el éxito, y para ello nos dotó de “la capacidad de aprender”.

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