Cuando la pasión deja de ser deporte

La final del Mundial de 2026 dejó como campeón a España, pero también abrió el debate sobre la violencia, la provocación y la pérdida de valores en el fútbol, en medio de una creciente normalización de conductas antideportivas dentro y fuera de la cancha

La final del Mundial de 2026 debía ser una celebración del fútbol. España venció a Argentina por 1-0 en el tiempo extra y conquistó su segunda copa del mundo.

Sin embargo, junto a la calidad deportiva, quedaron imágenes difíciles de justificar: juego excesivamente violento, provocaciones, expulsiones, enfrentamientos físicos después del pitido final y gestos de desprecio durante la premiación. La Fifa ha comenzado a investigar algunos de estos incidentes.

Sería injusto convertir estos hechos en una acusación contra todo un pueblo. Ninguna nación puede reducirse al comportamiento de algunos futbolistas o aficionados. Tampoco la violencia deportiva pertenece exclusivamente a un país.

La historia del fútbol está llena de enfrentamientos entre hinchadas, insultos racistas, amenazas, destrozos y rivalidades transmitidas de generación en generación. La diferencia es que hoy las redes sociales lo registran todo, lo multiplican y lo convierten en espectáculo.

El insulto consigue reproducciones; la provocación se vuelve contenido; la humillación del rival se celebra como ingenio. Así, comportamientos que deberían avergonzarnos terminan recibiendo aplausos.

Se utiliza una palabra peligrosa para justificarlo: “pasión”. Pero la pasión no es automáticamente una virtud. También existen pasiones desordenadas.

Cuando una persona pierde el dominio de sí misma, insulta, amenaza o agrede porque su equipo perdió, ya no estamos hablando de amor al deporte. Estamos ante una identificación emocional desproporcionada que merecería incluso un serio estudio psicosocial.

No podemos disfrazar de cultura, folclore o identidad nacional aquello que degrada al ser humano. Una tradición no se vuelve buena simplemente porque se repita durante décadas. La violencia normalizada continúa siendo violencia.

En este sentido, resultó significativo el contraste entre dos imágenes. Tras la final, Unai Simón, portero español y ganador del Guante de Oro, recorrió el lugar donde estaban los futbolistas derrotados, se agachó y les estrechó la mano antes de unirse a la celebración. Fue un gesto sencillo, pero profundamente deportivo y elegante.

Cuatro años antes, Emiliano, “El Dibu” Martínez, había celebrado su premio individual con un gesto obsceno en Qatar. Muchos lo disculparon diciendo que era producto de la emoción, una broma o parte del espectáculo. Pero la emoción puede explicar una conducta; no necesariamente la justifica.

Convertir la vulgaridad en símbolo de autenticidad revela hasta qué punto hemos rebajado nuestros criterios.

La Iglesia reconoce el valor educativo del deporte, pero advierte también que puede asumir una función seudorreligiosa y fanática: estadios convertidos en catedrales, partidos en liturgias y jugadores en figuras salvadoras. Cuando el deporte se vuelve absoluto, pierde su carácter de juego y se transforma en una realidad totalizante.

El papa León XIV recuerda que debemos aprender a vivir “la derrota sin desesperación y la victoria sin arrogancia”.

La Palabra de Dios es todavía más directa: “Huid de la idolatría” (1 Co 10,14). La idolatría comienza cuando entregamos a una realidad limitada lo que solamente corresponde a Dios: nuestra identidad, nuestra esperanza y nuestra paz.

El verdadero “fair play” no consiste únicamente en respetar un reglamento. Significa recordar que el adversario no es un enemigo, que ninguna camiseta vale más que la dignidad de una persona y que saber perder forma parte de la grandeza humana.

Podemos amar intensamente el fútbol. Podemos gritar un gol, emocionarnos y celebrar una victoria. Pero cuando para defender un equipo o una selección necesitamos humillar a otro, ya no estamos defendiendo una pasión. Estamos revelando una esclavitud.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias