A los alumnos de un quinto grado se les pidió que hicieran una composición acerca de la relación que cada uno tenía con sus padres. Uno de los trabajos le llamó de inmediato la atención a la maestra. Se titulaba “Mi papá me ama menos”. La idea central del escrito era que el niño sentía que su padre trataba mejor a sus perros de caza que a él. A continuación se reproducen algunas de las líneas del texto: “Cuando llega del trabajo siempre va directo a las perreras para saludar y acariciar a sus perros. Cuando entra a la casa, rara vez me saluda... Es habitual que les traiga regalos a sus mascotas. Siempre les habla con bondad, nunca con dureza. Sin embargo, muy rara vez sale conmigo a comer un helado, y cuando lo hace dedica mucho tiempo a criticarme... Los fines de semana son para sus perros. No es que yo no quiera salir a cazar con mi papá. De hecho, lo anhelo. El problema es que simplemente no me invita”.

Como bien dice un autor, muchos padres mandan señales contradictorias a sus hijos. Les dicen que los aman, pero luego toman decisiones respecto a sus carreras, sus amigos o sus pasatiempos que afectan directamente la habilidad de invertir en ellos el tiempo que requiere el amor. Esto hace que los hijos sientan que deben competir por él constantemente.

El autor Mike Bickle cuenta que, de niño, si había una cosa de la cual estaba completamente seguro era de que su padre lo amaba. A pesar de que ese hombre había sido boxeador, la rudeza del pugilismo no había estropeado su capacidad de transmitir cariño. Él abarrotaba de besos, caricias y abrazos a sus hijos diariamente. Siempre les expresaba lo orgulloso que estaba de ellos. Alababa sus aciertos y era paciente con sus fallos. En cada evento de ellos, él estaba presente.

Ese tipo de amor es el que necesitan nuestros hijos, un amor seguro. Un amor en el que sientan que no se aman más otras cosas en lugar de ellos.