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¿Cómo era y es el corazón de Jesús?

  • Actualizado: 24 octubre 2013 /

Jesús tenía y tiene un corazón apasionado. Era tanto su amor a nosotros que buscó la manera de identificarse al máximo con el ser humano, encarnándose y sufriendo todo lo que experimenta el hombre pero sin cometer pecado. Tanto nos amó que desde la eternidad el Verbo obedeciendo al Padre esperó su momento para asumir el ser hombre con todas las consecuencias, para así estar con nosotros para siempre. Y para eso se anonadó tomando la forma de siervo (Flp 2,7), haciéndose como nosotros, menos en el pecado. Sin dejar de ser Dios, renunció al uso de sus atributos divinos, para identificarse con nosotros en todo. Porque el que ama busca la manera de acercarse lo más posible a los que ama. La encarnación es un hecho real. Cristo Jesús tuvo que aprender todo: a caminar, hablar, rezar y experimentó cansancio, dolor, angustia, miedo, tristeza. Era un hombre de verdad y Dios verdadero. Se acercó a nosotros radicalmente y luego, muriendo en la cruz se identificó plenamente con toda la humanidad cuyo fin natural es la muerte.

Tenía un corazón para los demás. De hecho, “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida por nuestra redención”, (Mt 20,28). Toda su vida pública se la pasó haciendo el bien; curando enfermos, expulsando demonios, limpiando leprosos, dando de comer a los hambrientos, enseñando, exhortando, corrigiendo, señalando el camino hacia el Padre que era él mismo. Nunca hizo un milagro para sí mismo, ni se aprovechó de su liderazgo y poder para predicarse a sí mismo y buscar ser el centro de la atención, sino al contrario, llevando a todos los que lo permitían hacia el Padre, viviendo el Reino.

Tenía un corazón compasivo y vivía el dolor de los demás. Le dolía ver a las muchedumbres como ovejas sin pastor, (Mt 9,36) y se compadece de los enfermos (Mc 1,41) curando en la medida de las posibilidades a los que se lo pedían. Se compadece de la viuda de Naím, (lc 7,13) y manda parar el entierro y acercándose al joven muerto lo resucita y se lo entrega a su madre. Se conmueve al ver la tristeza de las hermanas de Lázaro, (Jn 11,35-36), al extremo de llorar ante la tumba del muerto y realizar el milagro de la resurrección. Se compadece del “buen ladrón”, (Lc 23,43) perdonándolo y concediéndole sin mérito alguno de esa persona, de ser el primero de entrar en el Reino de los Cielos.

Jesús tenía y tiene un corazón que todo lo perdona. Llega al extremo de pedir a su Padre que perdone a los que lo están asesinando (Lc 23,34). Cuando nos manda a perdonar setenta veces siete, él mismo da el ejemplo y perdona una y otra vez. Él necesita solamente de nuestro arrepentimiento y propósito de cambio. No importa los pecados cometidos, su misericordia es infinitamente más grande que el peor pecado o todos los pecados juntos de la humanidad.

Nos amó hasta el extremo (Jn 13,1), lo que implicó dar la vida, por lo tanto, darlo todo y sin reservarse nada. Es consciente de que hay que pagar el precio del rescate, y eso lo llevó a derramar toda su sangre por nosotros. Su amor es incondicional, permanente, puro y sublime. Es totalmente fiel a nosotros y es paciente, espera nuestra conversión. Dando su vida por nosotros nos dio la mayor prueba de la calidad de su amor, (Jn 13,1).

Jesús tenía y tiene un corazón que defiende la pureza de la adoración a Dios y que no acepta compartir el trono del Rey con los dioses falsos del mundo. Cuando expulsa a los mercaderes del templo, (Jn 11,14-17; Mt 11,11) realiza un gesto profético que trasciende su momento histórico y que nos dice que no podemos adorar al becerro de oro, al poder, al placer, como si fueran Dios.

Jesús tiene un corazón que quiere hospedarse en el nuestro. Cuando le pide a Zaqueo que se baje de ese árbol, “porque hoy quiero hospedarme en tu casa”, está lanzando el grito de invitación a la intimidad con Él. Él quiere dialogar con nosotros, elevarnos a la altura de su corazón y entablar con nosotros un diálogo de amor. Jesús se compadece de las almas que yacen como ovejas sin pastor, (Mt 10,36-38) y por eso elige misioneros para que vayan por todo el mundo llevando la salvación. De hecho, la Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia, es esencialmente misionera. Y se compadece de nosotros y dice: “Vengan a mí los que estén cansados y agobiados que yo los aliviaré” (Mt 11,-28) y con Él somos invencibles.