Se cuenta que en las criptas de la abadía de Westminster se encontraron las siguientes palabras escritas en la tumba de un obispo anglicano que vivió en el siglo XI: “Cuando era joven y libre, mi imaginación no tenía límites y soñaba con cambiar el mundo. Al volverme más viejo y sabio, descubrí que el mundo no cambiaría, así que cambié mi visión y decidí que solo cambiaría mi país, pero después de un tiempo esto también pareció imposible.

Al llegar a mis últimos años, en un último intento desesperado, me contenté con cambiar nada más que mi familia, pero he aquí que ninguno quiso acceder. Ahora en mi lecho de muerte me he dado cuenta de lo siguiente: Si tan solo me hubiera cambiado primero a mí mismo, entonces con mi ejemplo habría cambiado a mi familia, a partir de cuya inspiración y ánimo habría sido capaz de mejorar a mi país, y quien sabe, hasta habría podido cambiar mi mundo”.

El literato ruso León Tolstoi dijo en cierta ocasión: “Todos piensan en cambiar a la humanidad, y nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Si somos sinceros, resulta más fácil y más cómodo intentar transformar al prójimo que enfocarnos en ajustar nuestra propia conducta. Pero, siendo francos, la única persona en la que tenemos potestad de incidir es en nosotros mismos; en nadie más. ¡Cuántos son los padres, por ejemplo, que gastan energías infructuosamente procurando que sus hijos hagan cosas que ellos mismos no hacen! En la consejería de parejas que están experimentando problemas en su matrimonio uno de los más grandes obstáculos para alcanzar la sanidad conyugal se da cuando cada cónyuge se presenta con la perspectiva de que él o ella están haciendo todo bien y el que necesita cambiar es el otro. Cuán diferentes serían las cosas si cada uno llegara a la terapia con la disposición de descubrir lo que su persona debe cambiar para lograr que su relación funcione.

No existe otro camino, estimado lector. La única forma de cambiar nuestras familias y nuestra sociedad es cambiando nosotros primero.