¡Ay, agua de Río de Piedras!

El legado de Arturo Gómez Mojica trascendió la radio. El locutor mexicano hizo de Honduras su segunda patria y dejó una huella imborrable en la historia de San Pedro Sula a través de su voz, sus canciones y el cariño que profesó por el país

  • Actualizado: 21 de julio de 2026 a las 00:00 -

Haciendo un inventario de mis recuerdos, encontré dos canciones que eran la expresión cantada sobre las vivencias del locutor mexicano Arturo Gómez Mojica, quien trabajó en varias emisoras de San Pedro Sula, entre ellas la pionera HRP1.

Se trata de las canciones de corte ranchero Flores de México y ¡Ay, agua de Río de Piedras!, compuestas por “El cuate Mojica” y grabadas en México por el grupo Los Viajeros de Durango.

Tales melodías son una manifestación sentimental del hombre que se enamoró tanto de Honduras, que bautizó como Lempira y Linda Suyapa a sus primeros dos hijos que procreó con una sampedrana.

Infortunadamente, la “zarquita”, como la llamaba, lo abandonó después que él regresara de una estadía en su país.

Así lo revela en su segunda canción cuando dice que las aguas de Río de Piedras lo hicieron volver tan solo para encontrarse con el desprecio de una mujer. “Mi madre (doña Herlinda) me lo decía: ‘Hijo, quédate a mi lado, pues ya el corazón me dice que estarás decepcionado’”.

En su programa radial “México canta” hablaba, entre canción y canción, sobre su amor por doña Herlinda y por la tierra que le abrió sus brazos.

Vino a Honduras gracias a la gestión del propietario de la inolvidable HRP1, el general Filiberto Díaz Zelaya, quien viajó a México con la mira de contratar a un locutor de lujo para animar el programa de música ranchera.

El empresario no halló a un profesional de radio, sino a un impresor y compositor, pero resultó ser un locutor extraordinario por su forma peculiar de animar con una voz quejumbrosa que parecía que iba a quebrarse de la emoción cuando anunciaba el programa como “¡el alma de mi pueblito reflejada en sus canciones!”.

Aparte de trabajar como locutor, “el hijo consentido de doña Herlinda” se dedicaba a hacer toda clase de trámites en una humilde oficina, a la que llamaba “mi buhardilla”, instalada en su casa de habitación localizada en el barrio Guamilito.

Mojica era popular no solamente por haberse identificado con el pueblo a través de las ondas hertzianas en un tiempo en que aún no había llegado la televisión a Honduras, sino también porque los domingos solía pasear por las calles vestido de charro.

Uno de los pocos funerales a pie realizados en San Pedro Sula fue dedicado al mexicano sampedranizado, cuando falleció abrazando a su segunda patria. Medio mundo acudió a acompañar sus restos, desde la catedral hasta el cementerio La Puerta.

Así como Mojica, muchos otros extranjeros no solo han entregado su corazón a Honduras, sino que también han contribuido a su desarrollo. Algo que no hacen algunos funcionarios, quienes piensan antes en ellos que en la patria.

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