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Aprender a agradecer

  • Actualizado: 22 diciembre 2019 /

Elisa Pineda

En la víspera de Navidad, para muchos la nostalgia es inevitable, porque esta celebración evoca la convivencia en familia y con los seres más cercanos, aquellos que sin tener un vínculo de sangre comparten lo más valioso que tienen: la vida, en pequeños trazos, en momentos valiosos.

Hace algunos años, quizá más de los que quisiera, pensaba que cada Navidad era una copia en calca de la otra. Poco a poco, cuando la niñez dio paso a la juventud, llegaba hasta aburrirme, acaso porque el afán de adquirir nuevas experiencias, propio de esa etapa de la vida, nos hace pensar que todo lo adulto es aburrido.

Con el tiempo -que suele centrar las ideas- luego de pérdidas muy grandes, de llegarse mi turno en el relevo generacional, puedo apreciar que cada momento era único e irrepetible.
Nos damos cuenta que la vida no puede detenerse, que las palabras que dimos y recibimos -que marcan para bien o para mal- no pueden recogerse, que los aciertos y las equivocaciones son parte de nuestra propia condición humana.

La Navidad es un alto en el camino, pero no para dar rienda suelta a la tristeza y la nostalgia, tampoco para estancarnos en el hoy, que pronto será pasado.

Esta fecha es, ante todo, un momento para conjugar el verbo perdonar, comenzando con la primera persona del singular. Reconocer que fallamos debe ir acompañado del perdón a uno mismo, como el paso indispensable para seguir construyendo esa persona que queremos ser.

Perdonar implica tener humildad para comprender nuestra imperfección y siempre debe ir junto al interés por mejorar, sin fatalismos, sin frases escritas en piedra, del tipo “así soy y así me voy a morir”.

Perdonar, incluso a quienes no se dieron cuenta del daño ocasionado, es un ejercicio de liberación personal de aquello que nos ancla al ayer y que no nos permite ver hacia el futuro con esperanza.

Además, este es un momento para agradecer por cada experiencia que nos hizo aprender, por cada pequeño acto de luz, bondad, amor y solidaridad, así como por cada momento de oscuridad, de inquietud, de ausencia de paz, que nos enseñó a valorar lo bueno.

Agradecer a nuestros antepasados, porque aún con sus errores fueron partícipes en obsequiarnos el don de la vida, por los conocimientos adquiridos en la educación en el hogar, en la escuela y en la comunidad.

Dar gracias por todo, en cada momento, en especial cuando celebramos la Navidad, por el aliento que recibimos cuando más lo necesitamos; porque aquello que tanto duele, física o espiritualmente, nos enseña lo fuertes que podemos llegar a ser, especialmente con la ayuda de Dios.

Agradecer en todo tiempo, porque lo debemos todo: los seres queridos, las experiencias y la existencia misma. Porque nada se repite, aunque la mente nos tienda la trampa de la rutina, porque la vida no es aburrida, la hacemos así, no evadamos nuestra responsabilidad en el ejercicio de la libertad.

Es buen momento para ser agradecidos. Hoy doy gracias por usted, que me lee y comparte este momento conmigo, quizá sin conocerme, pero con un interés en común: construir un mundo mejor. ¡Feliz Navidad!