El 13 de abril, a 329,000 kilómetros de distancia de la Tierra, los astronautas escucharon una explosión en el módulo de mando Odyssey, seguida de un fallo de suministro de electricidad: un tanque de oxígeno había estallado.
Swigert se comunicó por radio: “Houston, hemos tenido un problema”. Swigert no formaba inicialmente como parte de la misión, fue elegido setenta y dos horas antes del despegue para sustituir a Thomas K. Mattingly, quien había estado en contacto con el virus de la rubeola y no estaba inmunizado.
Los tres astronautas estaban sin calefacción, con el agua racionada y con el mínimo de electricidad. Tiritando de frío y en la oscuridad, se turnaban para intentar descansar mientras ejecutaban las tareas que la Nasa les indicaba.
El CO2 se acumulaba peligrosamente en la nave y los astronautas debían buscar un método para filtrarlo o expulsarlo. Para ello, a bordo del módulo lunar, tuvieron que adaptar filtros usando cinta y tubos de los trajes.
El 17 de abril, después de varias correcciones de la trayectoria de regreso a la Tierra, y de haber orbitado la Luna con los motores del módulo lunar Aquarius, el Apolo XIII con sus tripulantes regresaron a salvo a la Tierra.
Hoy, sin un Houston para llamar, el virus Covid-19 contamina la nave espacial Tierra y continúa vigente la sentencia del director de vuelo Eugene F. Kranz: “El fracaso no es opción”, igual como sucedió hace 50 años, cuando la historia fue escrita por el Apolo XIII y el virus.