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Apolo XIII y el virus

  • Actualizado: 15 abril 2020 /

Graco Pérez

El 11 de abril de 1970, desde cabo Kennedy, el cohete Saturno V ascendía hacia la Luna con tres astronautas: James A. Lovell, comandante de la misión; John L. Swigert, piloto del módulo de mando, y Fred W. Haise, piloto del módulo lunar.

El 13 de abril, a 329,000 kilómetros de distancia de la Tierra, los astronautas escucharon una explosión en el módulo de mando Odyssey, seguida de un fallo de suministro de electricidad: un tanque de oxígeno había estallado.

Swigert se comunicó por radio: “Houston, hemos tenido un problema”. Swigert no formaba inicialmente como parte de la misión, fue elegido setenta y dos horas antes del despegue para sustituir a Thomas K. Mattingly, quien había estado en contacto con el virus de la rubeola y no estaba inmunizado.

Los tres astronautas estaban sin calefacción, con el agua racionada y con el mínimo de electricidad. Tiritando de frío y en la oscuridad, se turnaban para intentar descansar mientras ejecutaban las tareas que la Nasa les indicaba.

El CO2 se acumulaba peligrosamente en la nave y los astronautas debían buscar un método para filtrarlo o expulsarlo. Para ello, a bordo del módulo lunar, tuvieron que adaptar filtros usando cinta y tubos de los trajes.

El 17 de abril, después de varias correcciones de la trayectoria de regreso a la Tierra, y de haber orbitado la Luna con los motores del módulo lunar Aquarius, el Apolo XIII con sus tripulantes regresaron a salvo a la Tierra.

Hoy, sin un Houston para llamar, el virus Covid-19 contamina la nave espacial Tierra y continúa vigente la sentencia del director de vuelo Eugene F. Kranz: “El fracaso no es opción”, igual como sucedió hace 50 años, cuando la historia fue escrita por el Apolo XIII y el virus.