Era Francia, la libre, la heroica

La huella de Francia en la historia universal es más que evidente. La fuerza de las ideas surgidas en la nación francesa y la reciedumbre con la que han enfrentado los capítulos difíciles de su devenir histórico han servido de inspiración y ejemplo al mundo entero. Por eso es que esa Francia, libre y heroica, ocupa un espacio dentro del propio Himno Nacional de Honduras y, cada vez que hay que explicar ese detalle, ciertamente curioso, repetimos que la Revolución francesa y su grito de libertad, igualdad y fraternidad fue uno de los motivos que llevaron a nuestros próceres independentistas a declarar la emancipación de nuestros territorios.

Por eso es que los hechos trágicos del pasado viernes trece no solo han conmovido a Francia y los franceses. Aparte de que en los hechos acaecidos han perdido la vida ciudadanos de más de quince países, la afrenta en contra de la convivencia pacífica y el derecho a vivir, según la conciencia de cada quien le dicte, se ha sentido como si se hubiera realizado en contra de todas y cada una de las naciones que hemos visto con horror cómo la sinrazón, la locura, la estupidez, que intentan imponer una recua de alucinados, es capaz de matar a tanta gente inocente.

Y aunque nunca he estado en París, la importancia que esta ciudad ha tenido para el desarrollo de la cultura universal obliga a saber los nombres de sus plazas, sus bulevares, sus monumentos, sus museos, sus teatros...de modo que ha terminado por ser una ciudad cercana para muchos, y su nombre, sin duda, resulta familiar. Y cuando el horror absurdo e injustificado se ha hecho presente en ella, nos duele a todos, nos impacta a todos. Como era de esperarse, la solidaridad internacional se ha dejado sentir de manera inmediata. Solo los dementes que asesinaron a sangre fría en Nueva York, Londres, Madrid o Ankara pueden alegrarse de semejante carnicería. La humanidad entera, la enorme y aplastante mayoría, llora al lado de la nación francesa. Lo que queda es que el mundo responda como debe.

Los muertos de la semana pasada no son un problema solo de Francia, son un problema de todos los países civilizados. Es urgente deponer los intereses que cada una de las potencias mundiales pueda tener para enfrentar al enemigo común, al enemigo de la tolerancia y de la paz, al enemigo del respeto y la fraternidad.