Washington, Estados Unidos.

Ha intentado de todo, pero hasta ahora nada ha sido suficiente para que Joe Biden logre alinear a su Partido Demócrata y salvar su Presidencia de la amenaza de un dramático fracaso.

A sus 78 años, Biden es uno de los políticos más experimentados en llegar a la Casa Blanca.

Antes de derrotar a Donald Trump, fue senador por 36 años y ocho años vicepresidente de Barack Obama.

Ahora deberá esforzarse al máximo para evitar que las ambiciones de su administración sean enterradas por el Congreso.

Durante toda la semana, la agenda diaria oficial del demócrata ha estado sorprendentemente vacía.

Sin embargo, entre bastidores, Biden da pelea y se reúne frecuentemente con líderes demócratas en el Congreso.

Entre quienes recorren más frecuentemente la avenida Pennsylvania, entre el Congreso y la Casa Blanca, se encuentran los senadores demócratas Joe Manchin y Kyrsten Sinema.

Ese dúo, apodado “Manchema”, es clave para desbloquear los programas de gastos multimillonarios del presidente que, según él, transformarían el país para mejor.

La Casa Blanca no ha descartado que el propio Biden vaya al Capitolio.

“Escuchamos, nos comprometemos, negociamos”, dijo la secretaria de prensa Jen Psaki, cuando se le preguntó qué estaba haciendo el presidente.

“Yo diría que hemos tenido alrededor de 260, probablemente (...) 300 compromisos (...) en el transcurso de septiembre”.

El nudo político

Los republicanos rechazan por su parte el plan de inversiones de Biden.

Los legisladores opositores se niegan incluso a cooperar para autorizar un aumento del techo de deuda, algo que, de no ocurrir, podría llevar a Estados Unidos al default por primera vez en su historia.

Pero el problema más espinoso para Biden se encuentra dentro de su propio partido.

Básicamente, hay dos proyectos de ley enormemente ambiciosos en espera de votación.

Uno, el menor, por alrededor de un billón de dólares en gastos de infraestructura y otro, por 3,5 billones, destinado a temas como educación, cuidado de niños y cambio climático, que se pretende financiar a través de aumentos de impuestos a las corporaciones y a los más ricos.

Biden habla de ese último proyecto como una oportunidad “histórica” para reparar una nación con serios problemas de infraestructura y sociales.

Los republicanos apoyan el proyecto de ley más pequeño, pero rechazan unánimemente el volumen de gasto social.

Para que este mega plan sea adoptado, Biden depende completamente del apoyo demócrata y su escasa mayoría significa que no puede permitirse perder un solo voto en el Senado, y apenas unos pocos en la Cámara.

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Y ahí está el problema.

Manchin y Sinema se niegan, hasta ahora, a respaldar este proyecto social, con lo cual no sería adoptado por el Senado.

Y el ala izquierda de los demócratas en la Cámara de Representantes no votará el proyecto de ley más pequeño, de infraestructura, a menos que estén seguros de que el más grande también se aprobará.

Si los demócratas no pueden unirse, ambos proyectos, la credibilidad política de Biden y cualquier esperanza de mantener al Congreso en manos demócratas en las elecciones de mitad de período del próximo año, podrían esfumarse.