Juan Carlos I, de la abdicación al descrédito

La decisión del rey emérito de irse a vivir a otro país supone el trago más duro que su hijo, Felipe VI, ha tenido que afrontar en lo personal en sus seis años de reinado en España.

Los incesantes problemas de salud del monarca, iniciados con la extirpación de un tumor benigno en el pulmón en mayo de 2010, contribuyeron a eclipsar su imagen. Con su reputación dañada, Juan Carlos cedió la corona a su hijo Felipe VI en 2014 y en 2019, se retiró de la vida pública. Gráficas. AFP/EFE<br/>
Los incesantes problemas de salud del monarca, iniciados con la extirpación de un tumor benigno en el pulmón en mayo de 2010, contribuyeron a eclipsar su imagen. Con su reputación dañada, Juan Carlos cedió la corona a su hijo Felipe VI en 2014 y en 2019, se retiró de la vida pública. Gráficas. AFP/EFE

MADRID.

La marcha de España del rey emérito Juan Carlos I deja en el aire el legado de un reinado, inicialmente considerado de gran estadista pero cada vez más cuestionado por borrones personales tanto por sus relaciones íntimas como por la gestión de sus finanzas.

Nieto del rey Alfonso XIII que partió al exilio tras la proclamación de la II República en 1931, Juan Carlos de Borbón fue repescado en 1969 como príncipe por el dictador Francisco Franco para tratar de dar continuidad y legitimidad a su régimen.

Coronado rey pocos días después de la muerte de Franco, en noviembre de 1975, el nuevo soberano planteó rápidamente la transición ordenada a una democracia parlamentaria de corte occidental, entre presiones inmovilistas del “búnker” franquista y, por otro lado, de los partidos de izquierda que buscaban una ruptura total y rápida.

Juan Carlos I eligió personalmente para timonear el proceso a Adolfo Suárez, quien logró dirigir con éxito la transición política, liberar a todos los presos políticos del franquismo, celebrar elecciones plenamente democráticas y aprobar una Constitución moderna.

La concesión de amplios poderes a las regiones, especialmente al País Vasco y a Cataluña, que gozaron de un autogobierno sin parangón entonces en Europa, fue otro de los pasos casi revolucionarios de esa época, tras décadas de férreo centralismo franquista y represión de las lenguas de esas y otras regiones.

Todo ello ocurrió en muy pocos años, entre graves tensiones políticas de todo tipo, una seria crisis económica y sangrientos atentados de la extrema derecha y, sobre todo, de la organización terrorista ETA, autora de más de 800 asesinatos, la mayor parte durante la actual democracia española.

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Desde su llegada al trono, Felipe VI tomó medidas para mejorar la imagen de la Corona, como imponer un código de conducta a la familia real o, en marzo pasado, retirar la asignación anual al rey emérito al conocerse más detalles sobre su fortuna opaca.

El malestar por el terrorismo de ETA (con más de cien muertos en algunos años) acabó causando el intento del golpe de Estado de un sector muy minoritario del Ejército, en febrero de 1981, que el rey frenó con una famosa alocución televisada en la que, como jefe de las Fuerzas Armadas, conminó a los militares rebeldes a someterse a la legalidad.

Fueron tiempos en los que muchos españoles se declaraban “republicanos juancarlistas” y políticos abiertamente republicanos reconocían al rey su papel en la reconciliación política tras una cruenta guerra civil (1936-1939) en la que hubo crímenes masivos que no han terminado de cicatrizar.

La transición y consolidación democráticas fueron un ejemplo para muchos países, entre ellos en Latinoamérica, y Juan Carlos I una figura admirada y respetada como estadista de talla internacional.

Durante los once primeros años de su reinado, la España democrática salió del aislamiento franquista y normalizó su presencia internacional con su ingreso en la Unión Europea y en la OTAN, así como con una actividad diplomática creciente, sobre todo en América Latina.

Triste final

Entre otros muchos galardones, Juan Carlos I recibió en 1982 el Premio Carlomagno por su contribución a la construcción europea, fue candidato en varias ocasiones al Nobel de la Paz y tiene doctorados “honoris causa” en más de treinta universidades de todo el mundo.

En 1987 las Naciones Unidas le concedieron la Medalla Nansen, por su apoyo a los refugiados y un año después recibió la Medalla del Consejo de Europa.

Sin embargo, el rey Juan Carlos se benefició de una protección por parte de la prensa y el poder político que, centrados en la estabilidad institucional y el progreso interno e internacional del país, miraron para a otro lado cuando ocurrían algunas lagunas de la vida privada del monarca, como asuntos extramatrimoniales de los que solo se informaba fuera del país o los millonarios regalos de monarcas del Golfo Pérsico, como su yate “Fortuna” o automóviles deportivos.

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La decisión del rey emérito de vivir fuera de España, en medio de las informaciones sobre sus presuntos negocios ocultos en Suiza, generó los principales titulares en los medios españoles. El nuevo destino podría ser Emiratos Árabes Unidos, donde se encontraría desde el pasado lunes, antes de que la Casa Real comunicara su intención de vivir fuera del país, según algunos diarios españoles. Otras informaciones apuntan a que estaría en Estoril, Portugal, donde vivió algunos años durante su infancia por el exilio de la familia real española.

Pero el paso de los años hizo que las nuevas generaciones fueran menos conscientes de los logros de Juan Carlos I en unos años críticos y que se mirara a su figura con el prisma del siglo XXI, en el que ciertas actuaciones ya no se consideran aceptables. Cada vez más situaciones acababan desvelándose.

Finalmente, la cascada de revelaciones sobre su vida privada que comenzaron en 2012 con su ya famosa cacería de elefantes en Botsuana y las noticias sobre su amistad íntima con Corinna Larsen acabaron forzando su abdicación en junio de 2014, para pasar a ser rey emérito, una figura inédita en la historia española.

Aún peor, la sucesión de informaciones de este año, por las que fiscalías de Suiza y España investigan al rey por posible blanqueo de capitales y evasión fiscal, terminaron de arruinar su imagen.

Ante esta situación, su hijo Felipe VI anunció en marzo que había renunciado a cualquier herencia que pudiera corresponderle de su padre, a quien además retiró su asignación económica.

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La reina Sofía ha quedado al margen de la controversia al no tener relación con los presuntos negocios en los que pudo participar el rey emérito. Juan Carlos I y Sofía llevan distanciados desde hace varios años, si bien han mantenido la residencia en Zarzuela al ser miembros de la familia real tras la abdicación en favor de su hijo. Desde la abdicación, el papel de la reina ha menguado aunque, además de su actividad como parte de la familia real, ha seguido mostrando su lado más solidario, apoyando iniciativas como la del combate contra los residuos plásticos en el mar.

Ahora, y ante la continuación de las revelaciones sobre el supuesto manejo de cuentas en el paraíso fiscal suizo, que habían creado una situación cada vez más insostenible, Juan Carlos I anunció su salida del país.

Triste final después de un reinado de casi 39 años, que de forma innegable tuvo muchas luces pero a las que las sombras postreras amenazan con difuminar.

Nacido en el exilio de su familia en Roma, Juan Carlos confesó al escritor José Luis de Vilallonga, para su libro “El rey”, que “morir en el exilio debe de ser lo peor que le puede suceder a un hombre”.

Y aunque su marcha no es un exilio como el que protagonizaron algunos de sus antepasados durante varios avatares de la historia, seguramente dejar el país en estas circunstancias es algo tan doloroso como lo que ellos vivieron.

El trago más duro para Felipe

La decisión del rey emérito de irse a vivir a otro país supone el trago más duro que su hijo, Felipe VI, ha tenido que afrontar en lo personal en sus seis años de reinado en España.

Tras la retirada del rey emérito de la esfera pública, Felipe VI suprimió la secretaría creada para él tras el relevo en el trono, aunque le mantuvo como miembro de la familia real con residencia en el Palacio de la Zarzuela, además de conservar su tratamiento vitalicio de rey.

El paso dado por Juan Carlos de Borbón refuerza el compromiso que su hijo adoptó en su proclamación de mantener una conducta ejemplar para ganarse la confianza de los ciudadanos.

“Para ello, hay que velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente (...) Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones”, proclamó.

Al año siguiente, en el primer aniversario de su llegada al trono, reiteró que España se construye desde el respeto de la Constitución, pero también “desde la afirmación de principios éticos y morales”.

Hasta que estalló la polémica, Felipe VI siempre aireó la admiración que sentía por su padre, como cuando en su 80 cumpleaños, en enero de 2018, le agradeció “tantos años de servicio leal a España”.

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Para varios especialistas en política y monarquía españolas, el rey emérito Juan Carlos I no se fugó, como denuncian los antimonárquicos, sino que se vio forzado al exilio.

Desde el relevo en la Corona, Felipe VI ha tenido que tomar medidas firmes en relación con su familia encaminadas a garantizar la transparencia de la institución monárquica y tratar de frenar la erosión en la que estaba sumida.

Nada más empezar su reinado, redujo la familia real a seis miembros -los reyes y sus hijas Leonor y Sofía, Juan Carlos I y la reina Sofía- y excluyó a sus hermanas, las infantas Elena y Cristina.

Un año después, tomó otra decisión drástica sobre su hermana menor: la retirada del título de duquesa de Palma a causa de su imputación en un caso de corrupción, del que finalmente quedó absuelta, mientras que su marido, Iñaki Urdangarin, fue condenado a cinco años y medio de prisión.

Este título le había sido otorgado a la infanta Cristina por su padre, Juan Carlos I en 1997, cuando contrajo matrimonio.

A estas acciones, añadió otras como la de publicar las retribuciones de los altos cargos de la Casa Real y de los contratos y convenios suscritos y el grado de ejecución de sus presupuestos, así como la prohibición de que los miembros de la familia real aceptasen regalos que comprometiesen la dignidad de sus funciones.

La Prensa