01/01/2026
08:30 AM

'No creían que yo era el que iba a oficiar la misa”

Por ser uno de los sacerdotes más jóvenes de la Diósesis de San Pedro Sula, el padre Luis Estévez Estévez ha tenido que defenderse del asedio de una que otra damita.

Por ser uno de los sacerdotes más jóvenes de la Diósesis de San Pedro Sula, el padre Luis Estévez Estévez ha tenido que defenderse del asedio de una que otra damita. Dice que lo han confudido con un hombre laico porque fuera de la iglesia viste como cualquier otro joven y le han hecho insinuasiones que él con mucha sutileza ha sabido esquivar.

“Qué desperdicio”, le comentó una chica cuando se dio cuenta que era un sacerdote recién ordenado y que por lo tanto estaba vedado a las mujeres como compañero sentimental.

El religioso de 31 años lejos de molestarse sonrió y pensó que no puede ser desperdicio alguien que más bien está siendo bien aprovechado por el Señor en la divulgación de su doctrina.

El padre Estévez, ordenado el pasado mes de octubre en la Catedral de San Pedro Sula, se siente muy a gusto con el celibato impuesto por la iglesia a los sacerdotes para que se consagren exclusivamente a Dios, aunque admite que siendo seminarista estuvo a punto de flaquear.

Considera que el celibato no es una renuncia obligada al matrimonio sino más bien un proyecto de vida en el que la mujer no es vista como un símbolo sexual. Sin embargo, al principio le costó aceptarlo porque no faltaron las tentaciones.
Aparte de ello, la gente indirectamente lo desanimaba en su vocación cuando le decía por ejemplo: “¿ya se puso a pensar que si usted se convierte en sacerdote, jamás va a conocer a sus hijos? ”.

Sabía que eso era cierto, pero a la vez su convicción le decía que no solamente siendo padre biológico podría cumplir una misión en la vida, sino también siendo padre espiritual de las personas que abrazan la fe cristiana.

Hijo de la montaña

Desde niño germinó en su corazón el deseo de servir a Dios cuando asistía a la humilde iglesia de la comunidad de Santa Marta enclavada en la montaña de El Merendón donde nació.

Allí distribuía su tiempo entre la escuela, el templo, los juegos y el pequeño cafetal de su padre donde se probaba como cortador del grano, sustento de la familia.

“Mi madre fue mujer de iglesia pues era catequista, y mi padre era también celebrador de la Palabra, pero lo que más me motivó a ser sacerdote fue ver cómo el misionero norteamericano Ricardo Frank, con la dificultad del idioma, trataba de divulgar el evangelio entre los pobladores”, dice Estévez.

Tendría unos quince años el joven Luis cuando tomó la determinación de meterse al seminario mayor Nuestra Señora de Suyapa contra la voluntad de su padre quien quería que estudiara una carrera económicamente productiva.

Después su padre cambió y más bien disfrutaba intercambiando conocimientos sobre las cosas de Dios con el muchacho, mientras éste avanzaba en sus estudios.

Desafortunadamente el jefe de la familia murió víctima de la violencia, antes de que Luis vistiera los hábitos sacerdotales. Sintió tristeza porque sólo su madre y sus hermanos asistieron a la ordenación.

El rostro de la violencia

Siendo vicario de la parroquia San José del barrio Cabañas, poco antes de ordenarse, el padre Estévez tuvo su primera prueba de fuego como guía espiritual. 18 jóvenes de entre 17 y 24 años murieron en un tiroteo dentro de una zapatería, la mayoría de ellos “corderos de su redil”.

Dice que se sentía impotente al no poder dar más que consuelo a los familiares de las víctimas, que llegaban con sus rostros bañados de lágrimas a refugiarse en su regazo.

Sabiendo que aquella masacre era producto de un sistema viciado, ni siquiera podía censurarla, ni hacer juicios de valor. “Me centraba en el dolor de las personas hasta que logramos que recobraran el sentido de vida”.

Para el nuevo embajador de Cristo en la tierra, fue difícil al principio asimilar el proceso de maduración que conlleva el sacerdocio. “La gente cree que uno es improductivo o que es una persona sexual, pero la verdad es que cuando uno se entrega, no ve a la mujer como un objeto sexual”.

También creen muchos que el sacerdote ni siquiera puede tener amigas, o lo ven como un extraterrestre, pero lo cierto es que él se divierte como cualquier otro joven, pero de una manera sana.

Incluso ha ido a fiestas donde se sirven tragos, sin que aquello llegue a convertirse en un bacanal, ni lo contamine. “Eso sí, no asisto a discotecas ni me van a ver empinando el codo”.

Cierta vez unos feligreses se horrorizaron cuando lo vieron caminando en shorts por las playas con unos amigos como si ellos no anduvieran también haciendo lo mismo. En otra ocasión unas damas que también lo conocían, le reclamaron porque lo vieron saliendo de un cine.

Nada de todo eso es pecado, lo que pasa es que la gente no concibe a un sacerdote como una persona normal. No saben que esa es más bien una manera de motivar a otros jóvenes a tener un mayor acercamiento con la iglesia al mostrar que ésta no restringe ciertas libertades, según expresó.

Por su aspecto de chavo en más de una ocasión han dudado de su investidura religiosa como cuando llegó por primera vez a dar misa a una iglesia y pidió a los feligreses que se sentaran porque iba a comenzar el acto religioso. “Vamos a esperar al padre”, le contestaron.

“Yo soy el padre”, les replicó entonces el recién llegado, pero ellos creyeron que aquel jovencito estaba bromeando. No se le olvida al sacerdote la cara de asombro que pusieron los fieles cuando les motró su carné de ordenación, y más aún, cuando se puso las vestimentas sacerdotales para dar incio al oficio religioso.