Ser madre es siempre sinónimo de amor, entrega y sacrificio, pero ser madre misquita multiplica esto por valor, empeño y esfuerzo.
Esta zona, de 28 mil kilómetros cuadrados, marcada por los altos niveles de pobreza extrema, enfermedades y pésimas o casi ninguna vía de comunicación convierte a las madres en un símbolo de coraje, donde revelan su superioridad ante cualquier obstáculo.
La vida es crítica para toda criatura que nace por destino en esta zona, a pesar de ello el heroísmo envuelve a las mujeres.
Al recorrer esta selvática y casi inhóspita zona hondureña el amor se revela en miles de madres que viajan de un lugar a otro con sus pequeños vástagos amarrados a sus espaldas.
La misquita es una etnia donde la promiscuidad sexual predomina como componente cultural y falta de educación y programas de gobierno que adviertan y prevengan estos comportamientos sanitariamente peligrosos lo agrava.
Hay 60 mil misquitos en Gracias a Dios, una etnia formada por el mestizaje de tawahkas y negros africanos.
A pesar de ello, el abandono de menores no existe, por el contrario, las estructuras matriarcales dominan las familias.
Las mujeres siguen siendo el centro del hogar, son ellas las responsables de velar por el bienestar de sus hijos, las que llevan a la práctica la actividad familiar; el hombre sólo es un guiador.
Rostros cansados, pies descalzos y la espalda inclinada por el peso de los hijos es el eterno caminar de estas mujeres, quienes se desplazan desde largas distancias a pie o cualquier otro medio para encontrar atención médica, inscribir a sus pequeños hijos o comprar los víveres del mes.
Viajan en grupos nutridos, caravanas de mujeres y niños, entre todas pagan los 'pipantes' o cayucos con motor que las transportan a las comunidades donde hay centros de salud y abarroterías y entre historias y risas cumplen con su cometido.
A veces tardan cuatro días y por ello se ven obligadas a llevar sus vástagos a cuestas.
'Salimos porque no tenemos otra forma de cómo hacerlo, ya que viajar seguido cuesta mucho pisto y tiempo, sea en lancha, cayuco o a pie', dijo en español poco comprensible Eufrasia Wette, una de las cientos de mujeres que pasea de prisa por Puerto Lempira.
A sus criaturas en vez de molestar les divierte ir a espaldas de mamá. Un sitio reconfortante donde se alimentan, juegan y duermen la siesta. Ver las caravanas maternas es todo un espectáculo y ejemplo digno de admirar.