13/05/2026
03:45 PM

Mi orgullo de ser hondureño

  • Actualizado: 19 septiembre 2009 /

Nacimos unidos a los otros Estados de Centroamérica, formando todos una sola patria, la patria de nuestros mayores, la patria grande que nos legaron los forjadores de la libertad política.

    En la madurez de los años, ahora que la experiencia me permite analizar con serenidad las cosas grandes y pequeñas de la vida, tanto dentro del orden material como espiritual, que en conjunto determinan la felicidad o quebrantos de la persona, despojado de toda fantasía y frente a la realidad que no admite dudas, al pensar en las grandezas, porque no pueden haber miserias bajo su cielo esplendoroso, de esta mi Patria adorada, no puedo menos que gritar con todas las fuerzas de mi alma mi orgullo de ser hondureño.

    Bien atrás, en las lejanías brumosas del tiempo, en estas tierras prodigiosas regadas por ríos caudalosos y riachuelos de aguas cristalinas, de elevadas y majestuosas montañas y extensas serranías cubiertas de pinos olorosos y pobladas de pájaros de vistosos colores de cuyas gargantas fluyen las más dulces melodías, existió una raza de hombres superiores que dejaron sus huellas esculpidas en monolitos y templos suntuosos que no han podido destruir los siglos.

    Los mayas, hasta donde la ciencia de los hombres modernos ha logrado descubrir, constituyeron un pueblo de avanzada cultura, con refinado y exquisito espíritu para las artes en sus más bellas manifestaciones con amplios conocimientos astronómicos y con admirable exactitud en los cálculos matemáticos.

    Sabían de la selección y el cultivo de la tierra y de la transformación de materias primas para la confección de vestimentas y ornamentación de templos y palacios. De esta raza milenaria que tuvo las más atrevidas concepciones filosóficas, que construyó los más hermosos monumentos y en cuyas ruinas famosas todavía palpita el soberbio espíritu de su grandeza, arranca mi orgullo de ser hondureño.

    Junglas ocultas a la vista de los violadores extranjeros, pero manteniendo vivo todo su esplendor como para despertar en nosotros en el transcurso de los siglos el orgullo de descendencia de una raza superior.

    Siguiendo las huellas que trazaran las carabelas de Colón, arriban a nuestras playas las huestes españolas que bajo el signo de la cruz y el filo de la espada, obedientes al fiero y cruel adelantado, catequizaban y mataban a los nativos.

    Estos hombres portentosos y atrevidos, empujados por la ambición y llevados por su espíritu aventurero, fueron tierra adentro caminando como sobre el espinazo de la muerte y apenas sí encontraron las ruinas de templos y palacios maravillosamente esculpidos y decorados con extraños jeroglíficos con injertos de tigres y serpientes y los más caprichosos dibujos.

    Estelas o monolitos y escalinatas monumentales que despiertan hoy la admiración e interés científico de los más grandes arqueólogos. Pero en las alturas, en el corazón de las montañas vírgenes y en los espesos bosques, indios descendientes de aquella raza valiente e indómita guerreaban entre ellos mismos por una mujer o por el dominio de las serranías.

    Ante la amenaza y crueldad de los invasores, dentro de esos indios surgió altivo, fiero y noble sobre el enhiesto peñón de Coyocutena el primer defensor de la Soberanía Nacional, Lempira, gran Señor de la Sierra.

    De esa actitud desafiante y gloriosa, sólo doblegada por la traición, surge para mí otra fuente inagotable que fortalece mi orgullo de ser hondureño.

    Pasan los siglos y tras la actitud destructora de los conquistadores, sin olvidar el bálsamo de un Fray Bartolomé de las Casas cuya memoria ya debiera sobrevivir en mármol blanco en la ciudad de Gracias, cabe los patios de la Audiencia de los Confines, y sin olvidar también la flexibilidad y belleza del idioma y la dulzura eterna de la religión que nos legaron, comienza a agitarse el sentimiento de libertad hasta culminar con el grito de Independencia el glorioso 15 de septiembre de 1821.

    Toca redactar el Acta de Independencia, ese pliego inmortal, al sabio don José Cecilio del Valle, el hondureño que, superior a su tiempo, deja un reguero de ideas y pensamientos que hoy siguen siendo bandera de redención de América, y hacen que en mi corazón se desborde mi orgullo de ser hondureño.

    Así nacemos a la vida de libertad, unidos a los otros Estados de Centroamérica, formando todos una sola patria, la patria de nuestros mayores, la patria grande que nos legaron los forjadores de la libertad política.

    Pero desgraciadamente los políticos ambiciosos, ciegos ante el porvenir o con una falsa visión del futuro de Centroamérica, rompen aquella unidad natural y necesaria para la grandeza de estos pueblos, y surge entonces la lucha desastrosa entre unionistas y separatistas.

    En momentos tan cruciales para la patria grande es en Honduras también bajo el mismo cielo de los mayas, de Lempira y de Valle, donde aparece el más fuerte sostenedor del gran ideal, es aquí, allá en la ciudad de las canteras o Cerros de Plata, donde nace Francisco Morazán, quien en el devenir de los años habría de convertirse en el valiente y esforzado, noble y generoso defensor y sostenedor de la Universidad de Centroamérica, y en otra fuente eterna de mi orgullo de ser hondureño.

    Sacrificado Morazán el 15 de septiembre de 1842, la patria grande se hunde y si acaso en esta Honduras de eternos manchegos ha vuelto a sentir destellos de vida cuando alguien más allá de las fronteras ha tremolado con audacia y falsedad la bandera del ideal.

    Mientras tanto tú, patria mía, después de dolorosos desgarramientos provocados por tus mismos hijos, has encontrado el camino de la redención mediante las grandes rectificaciones y hoy, al impulso de tus propios esfuerzos y aprovechando las bendiciones que Dios te ha dado en tu suelo y subsuelo y en los mares que bañan tus costas, caminas con paso seguro hacia un porvenir de glorias y grandezas que también fortalecerán mi orgullo de ser hondureño.

    Por eso, en este tu cumpleaños, Honduras, patria mía, al contemplar flameando a todos los vientos tu bandera azul y blanco, la más linda de todas las banderas, siento que mi corazón se embriaga de alegría y comprendo mejor mi orgullo de ser hondureño.