El negocio comenzó hace mucho tiempo atrás y de acuerdo a la historia familiar, arrancó por necesidad. Doña Otilia Palma tenía hambre de triunfar y de sacar adelante a la prole. Con paciencia y esfuerzo inició cocinando esto y aquello, hasta que poco a poco, fue encontrando los ingredientes justos y el sazón perfecto. Hoy, cuarenta años después, el fogón continúa encendido y los pastelitos de chucho ya son una tradición popular de Tegucigalpa.
¿Quién no conoce Los Toneles en La Guadalupe? Todo capitalino, sin importar su condición social o económica, ha comido más de alguna vez en su vida, los crujientes pastelitos hechos de verdadero maíz molido y rellenos de carne con papas. A partir de las nueve de la mañana y hasta las siete de la noche, más de un centenar de comensales lo visitan a diario, ya para degustar las frituras en las eternas bancas rojas de madera o para llevar a la casa.
Por supuesto, para el foráneo, el nombre del tradicional comedor del barrio La Guadalupe no deja de llamar la atención. Especialmente, si no se ve ningún tonel por los alrededores del inmueble. Pero la historia nos da la respuesta. Cuarenta años atrás, doña Otilia cocinaba una buena parte de sus pastelitos en unos drones o barriles de metal partidos a la mitad, al igual que muchos otros comedores populares de la época. Ante la necesidad, el ingenio y las ganas de trabajar proporcionaban herramientas de la nada. De ahí salió el nombre.
A pesar de los años, el negocio se ha quedado en la familia y es Ana, la nieta de doña Otilia, quien lleva ahora las riendas. Doce o más horas de trabajo diarias, durante los siete días de la semana, han preservado la tradición culinaria que sigue llenando de sabor a los capitalinos. Un quintal de maíz es molido cada jornada y si esto no fuera poco, el menú se complementa con baleadas, tacos y yucas.
Todo un homenaje a la comida típica hondureña.
Los pastelitos de chucho de Los Toneles son parte de una riqueza llamada Identidad. Sin oropel ni fanfarria, nos han mantenido unidos como habitantes de la ciudad capital, identificándonos con sabor, como hondureños.
La verdadera cocina hondureña es rica y variada. Carnes, sopas, bebidas naturales, y postres, por mencionar unos pocos, forman una lista grande de platillos que no tiene nada que envidiarle a otros países. Sin embargo, nos hemos dejado atrapar en la comodidad del “plato típico”; una conveniente (y rápida de hacer) combinación de carne asada, huevo, queso, mantequilla, frijoles y plátano frito, para saciar nuestra hambre y nuestro ingenio culinario.
Es tiempo de revalorar nuestro menú nacional y apreciar aquellas obras de la cocina hondureña que no por ser sencillas de crear, dejan de tener valor en nuestra historia y nuestro paladar.