20/05/2026
12:22 PM

La niña de las flores

Jorge Montenegro presenta: La niña de las flores.

    El cementerio de Tegucigalpa tiene muchas historias, como aquella del señor que enterró a su esposa y al día siguiente mandó a hacer su propia tumba a la par del amor de su vida; así esperó hasta que llegó el día de su muerte. Dicen que a la medianoche se ve al matrimonio caminando por el cementerio.

    Doña Rosa Medina llegó una tarde a depositar flores en la tumba de su hijo René, quien había fallecido a los 12 años de edad víctima de pulmonía. Don Guillermo, cuidador del cementerio, la conocía y la saludó de forma cortés.

    -Siempre con sus flores para Renecito, ¿verdad?

    -Así es don Memo, ¿y hoy ha habido muchos entierros?

    - Sólo el de una muchacha del Central que se suicidó.

    - Caramba, ¡cómo estamos ahora, don Memo! Muchachas y muchachos son muy débiles de espíritu, por cualquier problemita buscan el suicidio, por lo menos a mi René Dios se lo llevó. Debe ser muy duro para los padres perder a sus hijos de esa manera.

    -Así es Rosita, hubiera escuchado los lamentos de esa pobre madre. Yo como cuidador del cementerio, y que estoy acostumbrado a ver esas cosas, no dejé de sentir mi papadita.

    - Tiene razón don Memo, uno como ser humano se conduele como los demás.

    Antes de colocar las flores en la tumba de su hijo, doña Rosa se puso a limpiar la maleza que había crecido con la llegada de las lluvias cuando una joven se acercó a ella.

    -Buenos días, señora.

    -Muy buenos, señorita.

    -¿Era familiar suyo?

    - Sí, era mi hijo, murió a los 12 años de pulmonía. A estas alturas tendría 20 años. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?

    ¿Y usted a quién anda visitando?

    -A mi papá. Hace dos años que falleció, él era coronel del Ejército nacional, estaba platicando con mi mamá cuando le dio un ataque al corazón, pero ¿sabe una cosa, señora? Pienso que en los cementerios se respira paz y tranquilidad, uno tiene la sensación de estar en armonía con los seres y las plantas.

    -Me encanta venir al cementerio por eso, me imagino que donde está mi hijo goza de esa paz. Me llamo Rosa, ¿y usted?

    -Me llamo Melisa. Mucho gusto en conocerla.

    Tres días después regresó doña Rosa a cambiar las flores, cerca de la tumba de su hijo estaba un señor alto y bien vestido.

    -¿Qué tal, señora? Siempre la veo depositando flores, yo vengo con regularidad a ver la tumba de mi hija que falleció en un accidente automovilístico. Han pasado ya dos años.

    -Ojalá que juntos encontremos la paz en nuestros corazones después de haber perdido a nuestros hijos.

    -Que así sea. Tengo que retirarme, con su permiso, señora.

    Aquel día doña Rosa se quedó más tiempo de lo acostumbrado ante la tumba de René, luego caminó hacia la salida del cementerio y de nuevo se encontró con la joven:

    -Hola doña Rosa, parece que hoy vino más temprano, ¿verdad?

    -Hola niña. Sí, hoy vine más temprano, pero ya me voy.

    -Yo también vine temprano a coronar la tumba de mi papá, la verdad es que me hace mucha falta, a veces me siento muy sola sin él. Así es la vida, hay que aprender a soportar el dolor, ¿no le parece?

    -¿Cómo es que se llama usted?

    -Me llamo Tania, Tania Ramírez.

    -¿Y no me dijo que se llamaba Melisa?

    -Sí, así me llamo, Tania Melisa. Fíjese que tengo el impulso de decirle algo. Mmm, se lo voy a decir: pienso que su hijo está bien, me imagino que al sitio donde fue enviado debe de estar muy contento. Bueno, es que he oído que cuando uno se va a otra dimensión pasa en un lugar muy lindo.

    -Que Dios la oiga Tania, que Dios la escuche.

    La muchacha salió corriendo, sus cabellos largos se mecían con el viento, llevaba un vestido rosado; luego desapareció entre las tumbas riendo alegremente. Doña Rosa siguió caminando hacia la salida y encontró de nuevo al caballero bien vestido que había visto el día anterior. Se saludaron.

    -Qué lindas flores lleva.

    -Sí, ¿me acompaña ahí nomás? Son para mi hija, mi única hija, mire aquí está su nombre, Tania Melisa Ramírez.

    Doña Rosa sintió que se desmayaba .

    -No puede ser -dijo- es imposible-

    -Cálmese -le dijo el señor- voy a conseguirle un vaso con agua.

    Doña Rosa lo detuvo.

    -Escuche yo hablé con ella. La conocí aquí en el cementerio... muy linda, de cabello largo, negro, precioso, vestía de rosado. Usted es coronel, ¿verdad?

    El coronel estaba mudo de asombro, tomó a doña Rosa de la mano y juntos fueron a la capilla del cementerio a orar por el descanso de sus hijos.
    Hemos cambiado los nombres de las personas de esta historia. El caso fue real y nos lo narró un coronel retirado.