Comienza el mes de celebraciones patrias en México y Centroamérica. Así que les voy a contar una historia que no tiene final y que de alguna manera nos une, a pesar de las distancias y el tiempo. Se llama precisamente así: una historia sin final.
A dieciséis kilómetros del pueblito de Ojojona se encuentran las minas de Guazucarán.
Pocas personas las conocen, especialmente ahora que se encuentran abandonadas y el camino que conduce a ellas está lleno de maleza y espinas.
Sin embargo, Guazucarán es mucho más que un destino perdido en las montañas.
El reconocido historiador Pastor Gómez nos enseña que Diego de Manzanares fue el descubridor del filón de plata más importante de toda Centroamérica en los siglos XVI y XVII.
Según Gómez, la mina de Guazucarán era tan grande que Manzanares tuvo que buscar socios en Guatemala para empezar el trabajo en ella.
Los esposos Francisco de la Cueva y doña Leonor de Alvarado, hija del conquistador Pedro de Alvarado, aportaron el capital y los contactos requeridos.
Ya para 1574, un minero de Oaxaca, México, y 60 esclavos negros llegaron a las montañas de Ojojona para iniciar lo que sería, durante los siguientes 35 años, la mina más grande de toda la región.
Desafortunadamente, tras la muerte de los ricos consortes, la empresa comenzó a decaer al diluirse la propiedad entre numerosos herederos.
Más tarde, malas administraciones, nuevos descubrimientos, incendios y gestas políticas libertadoras terminaron por cerrar a medias las minas.
Se dice rápido, pero en realidad pasaron más de trescientos años de explotación minera antes de que cayeran en desuso.
En 1857, Williams Wells, el famoso explorador norteamericano que recorrió Honduras en busca de oro y otras riquezas naturales, visitó la zona de Ojojona y todavía encontró gente trabajando en las minas, ayudada por la fuerza de burros para triturar las grandes rocas extraídas del interior de la montaña.
En los siguientes años, la actividad minera decayó por completo.
En 1940, una compañía norteamericana fracasó en sus intentos de volver rentable una nueva operación y aparentemente allí cesaron todos los esfuerzos por volver a trabajarlas.
Hoy, Guazucarán está olvidada.
En 1990, el Gobierno declaró la zona reserva minera nacional y en los años siguientes, el Instituto Hondureño de Antropología e Historia ha confirmado la existencia de antiguos ingenios mineros de la época colonial, vestigios que confirman la importancia que tuvo Guazucarán para la corona española, en especial para Felipe II.
Viajar a Guazucarán es volver al pasado, un pasado que certifica nuestro presente porque Honduras es todavía el país más rico en yacimientos de oro y plata de toda Centroamérica.
Motivo más que suficiente para celebrar en este mes historias sin final de septiembre.