Cuando recibió la llamada telefónica que confirmaba los rumores desatados tres días antes dentro de la Policía, Juan Carlos Tigre Bonilla no pudo ocultar bajo la rudeza de su rostro la satisfacción de estar haciendo realidad uno de sus grandes sueños de uniformado: ser director nacional de la Policía.

“Es la mayor satisfacción que puede tener un miembro de una institución como la Policía”, dijo después de ser juramentado en el cargo en sustitución de Ricardo Ramírez del Cid.

Había perdido las esperanzas de alcanzar el alto cargo en este Gobierno porque consideraba que la sexta promoción de egresados de la Anapo (Academia Nacional de la Policía), a la que pertenece, no sería tomada en cuenta sino hasta la siguiente administración.

Además estaba “purgado” desde que denunció que había oficiales involucrados en el narcotráfico a raíz del asesinato de Alejandro Vargas y Carlos David Pineda, el primero, hijo de la rectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Julieta Castellanos. El crimen fue atribuido a elementos de la Policía.

Aunque en los años de la guerra fría había tenido algunas divergencias con Ramón Custodio, comisionado de los Derechos Humanos, él fue la única persona que lo defendió cuando se desmoronaba su hegemonía y era nombrado enlace de la Policía y el Ejército, un cargo sin mando.

Hasta septiembre de 2011 había sido el Tigre del occidente como jefe regional de los tres departamentos fronterizos con Guatemala y El Salvador, frontera dominada por los señores de la droga del norte de Honduras, a quienes mantenía a raya, según la vox pópuli.

Incluso denunció a su subalterno Jorge Alberto Barralaga, que era jefe de la Policía en Santa Rosa de Copán, por haberles ordenado a los policías a su cargo dar seguridad en los actos de inauguración de un edificio municipal.

Bonilla, un hombre rudo de 1.90 metros de estatura, había salido airoso de un juicio en 2002 por su supuesta participación en crímenes contra personas que se dedicaban al secuestro y otros delitos, cuando fue jefe de la Policía en San Pedro Sula.

María Luisa Borjas, en ese entonces jefa de Asuntos Internos de la Policía Nacional, inculpó al Tigre de pertenecer a una estructura a la que llamó “Los Magníficos”, involucrada en el asesinato de robacarros y supuestos pandilleros.

Como parte de la investigación del caso, Borjas interrogó a Bonilla. A la salida de aquel encuentro, la comisionada le aseguró a la prensa hondureña que este le había respondido con una frase que confirmaba todas sus sospechas.

“Si me quieren mandar a los tribunales como chivo expiatorio, esta Policía va a retumbar porque le puedo decir al propio ministro de Seguridad en su cara que lo único que hice fue cumplir sus instrucciones”, fue, según Borjas, la frase de Bonilla. Se refería al ministro Óscar Álvarez.

El Tigre Bonilla desapareció de la escena cuando los tribunales dictaron orden de captura en su contra y apareció dos años después impecablemente vestido con traje café claro y zapatos bien lustrados para desvirtuar los cargos.

Ninguno de los policías que lo vieron llegar a los tribunales sampedranos se atrevieron a aprehenderlo, aunque todavía estaba vigente la orden de captura.
Bonilla fue exonerado de los cargos y con el paso del tiempo subió escalones en la estructura policial y se convirtió en una figura que imponía orden y temor en los que actuaban al margen de la ley.

Sensible

Hijo de padres campesinos, a los 13 años, su espíritu rebelde lo llevó a abandonar su hogar para meterse en un batallón, donde cayó como pez en el agua porque disfrutaba de aquel ambiente donde se destacaba el que mejor ejerciera el don de mando y él tenía todas las condiciones para lograrlo.

Fuerte y con rostro de perfiles ásperos, fue forjándose en el yunque del ejercicio rudo y la preparación académica en las unidades militares y fuera del país.
Es uno de los egresados de la Escuela de Carabineros de Chile.

Precisamente cuando le notificaron de su nuevo cargo se encontraba recibiendo un curso de defensa en el Colegio de Defensa de Tegucigalpa, que tuvo que abandonar para ser juramentado.

Quienes lo conocen aseguran que dentro de aquel hombre de aspecto rudo, que nunca formó un hogar, se esconde un individuo sensible que lloró, cuando era jefe regional en occidente, con el caso de un niño secuestrado cuyo cuerpo sin vida fue encontrado en la orilla de una quebrada.

él se califica como un hombre desconfiado, listo para morir en cualquier momento, pero que se mantiene alerta.

“Dios es el único que puede marcar nuestro fin”, dice Bonilla. Manifiesta que el día que le toque morirá con las botas puestas porque nunca se rendiría en la lucha contra los delincuentes.