La comunidad hondureña en Nueva Orleans la acusa de ser la responsable directa de que todos estén “más gorditos”. Lo cierto es que su pan recién elaborado, caliente, es inigualable, según comentan clientes y compatriotas.
Además, los queques, dulces y todos los productos de repostería que fabrica y vende Norma’s Sweets Bakery le han dado fama y prestigio.
La protagonista es Norma Morales, hondureña, originaria del municipio de Villanueva, en el valle de Sula. Llegó hace 28 años a Estados Unidos acompañando a su esposo, Lorenzo Castillo, con su hijo de cinco años, José Lorenzo, y otro en su vientre por llegar a la vida, Mariano Alfredo.
Había contraído matrimonio muy joven. En Villanueva, la pareja comercializaba ganado a través de la hacienda “El Porvenir”, localizada en el sector de El Sauce. Hoy recuerda que “fue difícil la adaptación allí, debido a no tener comodidades. Ni yo ni él teníamos costumbre de vivir en el monte”.
Pero la ganadería no fue por mucho tiempo. Una deficiencia renal en su marido los hizo mudar a Miami, primero, y luego en definitiva a Nueva Orleans, donde residían familiares que le recomendaron médicos y hospital.
“Vendimos la hacienda y compramos una casita por aquí, en Gentilly. Con algo que sobró del dinero, mi marido invirtió comprando una prestigiosa panadería cubana que estaba en venta. Él quería que yo aprendiera ese oficio, pues sabía que su vida se acabaría pronto y confiaba que saldría adelante. Nos arriesgamos en ese negocio, sin conocerlo. Como su enfermedad en los riñones iba de mal en peor, no había cómo atender la panadería y cuatro años después tuvimos que venderla. A mi esposo le trasplantaron un riñón el que a la semana hubo que sacárselo. Un segundo trasplante tampoco funcionó. Estuvo 10 años con diálisis, hasta que falleció en 1991. Entonces trabajé limpiando casas y después manejando una pequeña panadería de un supermercado. También me preparé: estudié inglés e hice unos cursos de administración de negocios'.
La actual empresaria reconoce haber quedado “algo picadita”, pues le gustó la idea de la panadería propia y siempre pensó en volver a tenerla “sin saber ni cómo ni cuándo”.
“Me tomó casi 20 años. Había quedado sin dinero. Logré con mi trabajo ahorrar algo. Pensé que ya era tiempo que hiciera cosas para mí. Buscando encontré un edificio que se vendía. Hablé con el banco, me dieron crédito, lo compré e instalé mi panadería. Ya tengo cinco años en este local.
¿Alguna especialidad de la panificadora?
“Hacemos delicias hondureñas: pan dulce, rosquillas, semitas de yema, de manteca, hojaldras y varias otras. Mucha de mi clientela es hondureña, aunque también centroamericana y mexicana. Gustan mis productos y para qué decir cuando llevan el pan recién salido del horno, calientito. Creo que es irresistible. Hacemos cakes para toda ocasión y en época de carnaval, el famoso King Cake, una tarta real con forma de un gran anillo y los colores del Mardi Gras: verde, amarillo y morado. Es lo típico. Se vende mucho”.
Su panadería y repostería es famosa. La gente habla muy bien de sus productos. Los veo en comerciales de televisión, revistas, periódicos...
“Éste es un trabajo al que hay que dedicarse. Mis hijos han trabajado conmigo. El éxito lo compartimos entre los tres. Doy trabajo a 10 centroamericanos en la cocina, la mayoría provienen de Honduras. Como el caso de mi sobrina Patricia Morales, que me ayuda atendiendo tras el mostrador.
¿Aún hay recuerdos del huracán Katrina?
“Sí, y muy tristes. Ésa es la parte negativa de todo esto. Perdí mi casa. Vivía con mi suegra, que siempre me ayudó mucho. Ya estábamos acostumbrados a evacuar ante los anuncios de huracanes. Nos íbamos y regresábamos. Pero esa vez, en agosto de 1995, nos fuimos a Dallas, y no pudimos regresar muy pronto. Mi suegra se fue a Seattle, donde aún reside en casa de su hija. Perdimos todo. Andábamos con mis hijos en hoteles. Pero mi edificio recién comprado en Kenner se libró, aunque el vecindario comercial fue muy afectado. Muchos cerraron para siempre. La avenida Williams, a mis espaldas, quedó bajo el agua y todos sus locales inundados. El terreno desnivelado de la ciudad me favoreció. Dios me ayudó con la panadería, pero no con mi casa, que desapareció todo”.
Han transcurrido cuatro años desde entonces. ¿Se rehabilitó, reconstruyó?
“No se puede regresar a un barrio que está muerto, destruido. Además, se ha vuelto peligroso, con mucha delincuencia. Muy poca gente ha regresado y lo hace con lentitud. El que reconstruye, empieza por elevar el piso, ponerlo a cierta altura del terreno natural, por miedo a una inundación. Hay aún una infinidad de casas que deben hacerse de nuevo. Muchos recibieron el seguro o alguna ayuda y decidieron comprar en otra parte. Todavía las viviendas siguen deshabitadas, con vidrios rotos desde entonces, rodeadas ahora de maleza y basura, o grandes espacios de terreno vacíos. La que era mía, con los años comencé a levantarla por sentimiento, no para vivir en ese lugar. Compré otra casa en Martiere, donde vivo más cerca de mi negocio. Llevamos cuatro años, pero el mal recuerdo no se me pasa”.
La voz de la ejecutiva y diligente Norma se quiebra y aparecen algunas lágrimas. Entonces agrega: “Es que fue muy triste todo lo ocurrido”.
Usted a solas enfrentó la muerte de su esposo, la venta de la panadería, trabajó para sacar adelante a dos hijos adolescentes, aprendió inglés, compró un nuevo negocio, soportó el huracán. ¿Nunca pensó en rehacer su vida sentimental y, por ende, tener compañía?
“Sí, lo hice a los varios años de estar viuda. Yo había tenido un muy buen esposo, mi primer esposo. Y uno espera encontrarse con otro hombre así, pero me equivoqué. Siempre estuve comparando. No pude seguir con él. La verdad es que me es suficiente el cariño que nos profesamos con mis hijos y mis tres nietos: Lorenzo, Gabriela y Mía. ¿Para qué más?”.