29/03/2026
08:56 AM

'Antes nos exigían más a los maestros”: Zoila

Ayudada por un bastón, la profesora María Zoila Núñez entró por el portón de la Escuela José Trinidad Cabañas a las 7 am en punto, como lo ha venido haciendo casi a diario desde hace 35 años.

Ayudada por un bastón, la profesora María Zoila Núñez entró por el portón de la Escuela José Trinidad Cabañas a las siete de la mañana en punto, como lo ha venido haciendo casi a diario desde hace 35 años.

“Espérela que no tarda en llegar”, nos había dicho otra de las maestras del centro educativo cuando llegamos a buscarla sin cita previa.

Aunque ya no puede permanecer mucho tiempo de pie ante un grupo de alumnos, llega puntualmente para colaborar con sus compañeros y “desvirtuar aquel concepto de que todos los maestros no trabajamos, que somos haraganes”.

Es una maestra que predica con el ejemplo porque ni los años ni una insuficiencia renal crónica han podido ponerle trampas para que deje de ejercer su apostolado aún en tiempo de asambleas informativas.

Los únicos días que no llega a la escuela son los lunes, miércoles y viernes porque esos días debe permanecer conectada durante cuatro horas a una máquina que le reemplaza la sangre mala mediante el proceso conocido como diálisis.

“Es la quinceañera de la escuela”, dice la subdirectora Mercedes Cruz Discua, haciendo referencia a su espíritu jovial con el que oculta la dolencia renal que le aqueja desde hace más de veinte años.

La profesora Zoilita, como la llaman, acepta sonriente el halago, pero hace la salvedad que en realidad se siente quinceañera de la cintura hacia arriba, pues las piernas necesitan la ayuda de su inseparable bastón.

Aquellos tiempos

La maestra añora los tiempos en que había más exigencias por parte de las autoridades educativas para que los mentores cumplieran con su labor docente. “Los supervisores no le avisaban a uno que iban a llegar, cuando menos acordábamos estaban en el aula pidiéndonos nuestro plan de trabajo”.

Eran tiempos dorados aquellos en que los niños acataban fielmente las enseñanzas del maestro y éste correspondía con su puntualidad y constancia. “Si un maestro faltaba a su trabajo por incapacidad, entre todos nos rifábamos el grado para que los niños no perdieran clases.

Eso ya no se ve”.

Indicó que siempre ha apoyado los paros que decretan las organizaciones magisteriales, pero que luego repone por las tardes, los días perdidos. Sin embargo, en esta última lucha, los maestros de la Cabañas decidieron impartir clases mientras duró el conflicto, a excepción de los dos días que fue utilizada la escuela para la celebración de las asambleas informativas.

“Aunque nos digan que no trabajemos, los niños no se pueden despachar porque muchos de ellos son hijos de personas que trabajan en el mercado”, expresó.

También la conducta de los alumnos era distinta en aquella época en que la emblemática escuela del barrio Guamilito funcionaba en una casa de madera de dos plantas. “Hay una enorme diferencia entre los niños de antes y los de ahora”, dice.

Comentó que la conducta rebelde de algunos niños comenzó a ser evidente por el año 2000 cuando las maras se infiltraron en las escuelas. “Yo tenía niños que eran simpatizantes de la MS y otros de la 18 que siempre estaban en pleito”.

Recordó que ella empezó a hacer una labor de convencimiento que al final dio resultado en un 70%. “Me iba con un grupo a la esquina de la cancha y después con el otro. No les pedía que dejaran de ser afines a una u otra pandilla, pero sí que se respetaran entre ellos”, expresó.

Los que no hicieron caso terminaron en las maras. Unos se regeneraron después, pero otros, lastimosamente, murieron, dijo.

Así también tiene entre sus ex pupilos, profesionales y empresarios exitosos, que la saludan en la calle con un gesto de agradecimiento y respeto.

“El sábado, precisamente, un señor de cabellera blanca me dijo que yo había sido su maestra. Ay, papá en qué año fue eso que no me acuerdo, le contesté”.

Hasta que él mencionó su nombre la profesora supo de quién se trataba. No podía creer que en un tiempo relativamente corto aquel niño se hubiese transformado en todo un señor de respeto.

Algunos han demostrado su agradecimiento mediante donativos que hacen a la escuela, dijo la mentora, luego de sentarse con dificultad en una silla de la Dirección.

“Ese cuadro de Cabañas tallado en madera y el estandarte de la escuela finamente bordado, son obsequio de los hermanos Kurie, que fueron alumnos míos y ahora son dueños de una cadena de tiendas”, dijo la profesora Zoilita.

Una de sus satisfacciones es haber rescatado a una niña de las garras de un tío suyo que la explotaba y la castigaba cruelmente. Resulta que la pequeña se negaba a hacer gimnasia en la clase de Educación Física, sin que para ello diera una explicación valedera. La profesora logró descubrir que la niña no quería quitarse su falda porque tenía marcados en sus piernas los fajazos que le había dado el tío, quien se había hecho cargo de su crianza luego que los padres de la infortunada murieron de sida.

Ante semejante barbaridad, la maestra se comunicó con la Fiscalía de la Niñez que finalmente rescató a la afectada y la trasladó a la casa de otro familiar adonde le dieron un calor digno y humano que hizo cambiar su comportamiento.

De pronto ,la maestra se levanta haciendo un supremo esfuerzo para despedirse pero sin dejar escapar un lamento. Dice que aunque pudieran trasplantarle un riñón no lo permitiría. “He visto que algunos mueren después de la operación, prefiero seguir con mi diálisis y mis cuidados”.

Forjadora de civismo y cultura

La escuela José Trinidad Cabañas es uno de los pocos centros educativos públicos de nivel primario que funciona en el sector noroeste de la ciudad.

Fue fundada el uno de febrero de 1949 y actualmente tiene un cuerpo docente de once maestros que atienden a 800 alumnos de ambos sexos.

La escuela Cabañas se ha convertido en una institución emblemática de la capital industrial del país. Funciona solamente en la jornada matutina, ya que el déficit en la matrícula obligó a cerrar la jornada vespertina. “Al estar en una zona de alto comercio, nuestra población estudiantil disminuye”, explicó la profesora María Paula Lezama, directora del centro escolar.

No obstante, por su trayectoria y renombre, la escuela cuenta con niños que vienen desde zonas como Villanueva o Chamelecón.

La “Cabañas” estaba construida en un edificio de dos plantas, la primera de cemento y la segunda era una estructura de madera; contaba con un amplio patio, que en su parte posterior se destinaba al cultivo de hortalizas, según recuerda Mario Ramón López, uno de sus ex alumnos.

“Diariamente, a las siete de la mañana, el director con la presencia del personal docente, más el policía escolar, congregaba a todos los alumnos para que firmes y reverentes juráramos honrar y defender nuestra bandera nacional.

A eso se agregaban los sábados cívicos, que eran un permanente culto a los valores patrios, enaltecimiento a los próceres hondureños y respeto a nuestros semejantes”.