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Agonizan los oficios centenarios en México

  • Actualizado: 12 marzo 2011 /

La modernidad, el cambio de hábitos y la tecnología amenazan la supervivencia de algunos oficios que datan de la época colonial.

La modernidad, el cambio de hábitos y la tecnología amenazan la supervivencia de algunos oficios que datan de la época colonial y que formaban parte de la estampa costumbrista mexicana, como el de organillero, merolico (curandero) o vendedor ambulante de dulces tradicionales como los camoteros y merengueros.

La caótica y estresante Ciudad de México ya no tiene espacio para ellos ni para afiladores, carboneros, lecheros, o veladores (vigilantes), aunque unos pocos luchan aún por mantener la tradición contra la indiferencia y la poca demanda de los 19 millones de habitantes de la capital y su área metropolitana.

La gente de más edad, que disfrutó de sus peculiares sonidos, sabores y servicios, ve con nostalgia la paulatina desaparición de estos personajes urbanos, que todavía ejercen -no sin dificultad- en algunos barrios populares, mercados o plazuelas.

Los clásicos organilleros aún se encuentran afuera de los mercados, cantinas, restaurantes de la capital y alrededores, en busca del mexicano o turista y conscientes de que su complicada situación, pues dependen de la generosidad ajena y de que sus pesados cilindros musicales en discontinuo sigan funcionando.

Víctor Maya es uno de los cerca de 30 organilleros de toda la urbe y, pese a las vicisitudes, apuesta animado por que esta actividad prevalezca por más años.

“Espero que no desaparezca porque es una fuente de trabajo para muchas familias y yo me siento orgullosamente parte de la cultura urbana”, dijo.

Cada día es más inusual escuchar el particular sonido emitido con un silbato con el que anuncian su presencia los afiladores.
Fernando González se dedica a ello desde hace 36 años por tradición familiar y reconoce con tristeza que su oficio está condenado a desaparecer.

“Ya no hay tanta clientela como antes y los que quedamos trabajamos con dificultad porque nos vemos amenazados por las empresas que ahora hacen estos servicios”, añadió González.

Una de las tradiciones gastronómicas del mestizaje que aún sobrevive -no sin aprietos y sólo en zonas populares- es la del camotero, vendedor ambulante de plátanos machos y camotes que son guisados y transportados en un horno de leña ambulante que va sobre tres ruedas.

Juan Alejo, de 42 años, se dedica a ello desde hace 10; su padre le enseñó al igual que a sus cuatro hermanos, y ahora ve con tristeza que sus descendientes romperán la tradición porque “las ventas son cada vez son menores” y los carritos han dejado de ser fabricados por sus propios dueños.

Oficios ya abandonados en aras de la modernidad son el de carbonero, quien vende carbón vegetal, muy utilizado para cocinar con estufas artesanales.

A los barberos tradicionales los han suplantado los nuevos centros estéticos, ya que en la actualidad “un hombre acude a un centro sin ser mal visto”.