Madre e hijo caminan desde Honduras para estar con su familia y les abandonan

Incluso para huir de pobreza y violencia, pocos se atreven a caminar desde Tegucigalpa a Denver (Colorado).

María Enamorado, de 49 años, y su hijo Edwin Rubén, de 20, durante una entrevista este jueves en la Iglesia Adonai en Aurora, Colorado. Foto: EFE
María Enamorado, de 49 años, y su hijo Edwin Rubén, de 20, durante una entrevista este jueves en la Iglesia Adonai en Aurora, Colorado. Foto: EFE /

Denver, Estados Unidos.

Incluso para huir de pobreza y violencia, pocos se atreven a caminar desde Tegucigalpa a Denver (Colorado) y menos aun concluyen con éxito ese viaje de más de 4.300 kilómetros. Pero eso no disuadió a una madre de recorrer ese trayecto junto con su hijo discapacitado, solo para verse abandonados por aquellos que habían prometido ayudarles.

María Enamorado, de 49 años, y su hijo Edwin Rubén, de 20, salieron de Tegucigalpa el 29 de marzo de 2019 y llegaron a Denver el 6 de septiembre de ese año luego de atravesar Honduras, Guatemala, México y varios estados de EE.UU. Pero fue después de ingresar legalmente a este país cuando su verdadera pesadilla comenzó.

Enamorado, docente de profesión, había anticipado las dificultades de caminar con Edwin, quien necesita constante atención y cuidados. Sabía que iba a ser un desafío “dormir junto a un río o bajo los árboles” y “comer un día sí y otro no” durante los casi seis meses del viaje.

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Y también había anticipado que, pese a tener su documentación en orden para demostrar que sus familiares la esperaban en Denver, las autoridades de inmigración de Estados Unidos podrían negarle la entrada. Pero eso no sucedió y, por el contrario, hasta la ayudaron a contactar a su familia en la capital del estado de Colorado.

Lo que no anticipó fue “la traición y el rechazo” de su familia y de organizaciones proinmigrantes que, dijo, no la ayudaron porque ella insistió en no separarse de su hijo. Por eso, María y Edwin vivieron un año en situación de calle hasta que hace solo unos días, antes de una tormenta de nieve y frío polar, una iglesia latina les dio alojamiento.

“No sé por qué Dios me cerró tantas puertas. Quizá para que yo solamente dependa de Él. Yo era maestra en Honduras y trabajaba todos los días. Pero no me alcanzaba y muchos días no tenía para darle de comer a mi hijo. Por eso me decidí a venir a este país, porque la lucha por mi hijo en mi país no era suficiente para ayudarlo”, dijo Enamorado.

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María Enamorado, de 49 años, y su hijo Edwin Rubén, de 20, posan para Efe durante una entrevista este jueves en la Iglesia Adonai en Aurora, Colorado.

La hondureña tiene otros dos hijos, de 32 y 26 años, pero “ellos ya tienen dónde vivir”, comentó. Su meta es ahora poder estabilizarse, conseguir un trabajo para poder mantener a Edwin y "darle un lugar donde vivir”.

Enamorado confiaba en que sus familiares directos la ayudarían, pero tras solamente unos pocos días con ellos, le pidieron que se fuese.

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“¿Pero a dónde o con quién me iba a ir si estoy sola aquí y ellos son mi única familia? Nos quedamos en la calle con Edwin. A veces no teníamos ni siquiera un lugar para ir al baño. Nos daban comida y comíamos con las manos sucias porque no teníamos para lavarnos”, explicó.
Durante tiempos cortos, María y Edwin pudieron alojarse con personas que les abrieron sus hogares, pero nunca encontraron un lugar permanente y terminaron una y otra vez a la intemperie.

UN ALBERGUE MUY OPORTUNO

En esa circunstancia estaban el pasado viernes 23 de octubre, antes de que una tormenta llegase a Colorado con temperaturas bajas sin precedentes, cuando María y Edwin se encontraron con un miembro de la Iglesia Adonai, en Aurora, al este de Denver. Esa persona los llevó a la iglesia donde, en instalaciones adyacentes al templo, se les preparó un cuarto propio.

Además, las familias de la iglesia donaron ropa y otros artículos para María y su hijo, y se turnan para proveerles de comida. Y con la ayuda de los pastores (Ramiro y Petra Reyes) Enamorado inició las gestiones para obtener cuidados y tratamientos para Edwin.

Otras personas, al enterarse del caso, pusieron a María en contacto con un abogado quien, sin costo alguno, gestionará la residencia permanente para los hondureños. Y aun otros, por intermedio de una trabajadora social, comenzaron el proceso para que Edwin cuente con supervisión continua.

“Pasé por cosas muy feas y difíciles para llegar aquí. Dios me protegió de asaltos físicos, pero mi hijo casi se me muere en el camino; casi se ahoga. No me avergüenzo de nada de eso porque no quiero que llegue el día en que le tenga que pedir perdón a mi hijo por no haber hecho lo suficiente para él”, dijo la madre.

“Cuando mi familia me dijo ‘Te tienes que ir de aquí’ me quedé sin familia. Ese día le dije a mi hijo que por amor a él voy a hacer todo lo que pueda para que él esté bien. Yo no pido dinero, sino solo que recen por mí para que Dios cumpla su promesa de darme un trabajo”, agregó.

Según Enamorado, su experiencia le enseñó dos lecciones inesperadas: que es difícil pedir ayuda para un inmigrante incapacitado y que “es muy duro establecerse en Estados Unidos”.

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Por eso, urgió a otras madres latinoamericanas aún en sus lugares de origen a que “lo piensen muy bien” antes de sumarse a una caravana de personas encaminadas a este país y “exponerse a muchas cosas”.

Por su situación, Edwin camina con lentitud y dificultad, no deja de moverse y pocas veces puede articular palabras. Sin embargo, tomado de la mano de su madre, cuando María le dijo que recibirían ayuda, Edwin sonrió y con su gruesa voz gutural dijo claramente “Thank you”.
“Él nunca habla", fue la reacción inmediata de la madre.

"Yo vine aquí para que él tenga un hogar. Quizá Dios ahora está escuchando mis oraciones”, expresó.

La Prensa