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La princesa Nori irradia felicidad

  • Actualizado: 16 enero 2010 /

Dejó todo por amor y el tiempo era el único que podía dar una respuesta de si sería feliz. Ya han pasado tres años y parece que la princesa Sayako de Japón lo es plenamente.

Dejó todo por amor y el tiempo era el único que podía dar una respuesta de si sería feliz. Ya han pasado tres años y parece que la princesa Sayako de Japón lo es plenamente.

Renunció al título de princesa Nori, a las infinitas comodidades que le ofreció durante 36 años la Casa Imperial y por supuesto, a tener el trato digno de la única hija del emperador Akihito y su esposa Michiko.

Sosteniendo entre sus manos un vaso con saké o licor de café y vistiendo un sencillo vestido blanco, Sayako, quien vino a San Pedro Sula en 2004, dijo adiós a sus padres, luego de una ceremonia de compromiso que se ofició por la mañana ante la prensa nipona congregada en pleno.

¿Qué ganó?

Amor, amor y amor... el de su esposo Yoshiki Kuroda, un plebeyo urbanista del Ayuntamiento de Tokio.

Además, tener una vida libre como la mujer japonesa normal, lejos de todo el riguroso y hasta hostigante protocolo real al que había estado destinada por ser descendiente de la dinastía Yamato.

El Gobierno nipón le concedió una subvención máxima de 1.3 millones de dólares al año, para asegurar sus necesidades diarias.

Para prepararse para esa nueva e incierta vida, Sakayo recibió clases de conducir como símbolo de la libertad que su nuevo estatus como plebeya le trajo. Aprendió en los terrenos de palacio.

También ganó un apellido y el derecho a votar cuando dejó el palacio imperial tras su boda.

Sayako confesó en varias ocasiones que estaba un poco preocupada por comenzar su nueva vida como plebeya, aunque Kurosa prometió darle todo su apoyo y así ha sido.

Los esposos vivieron durante algunos meses en un departamento alquilado de 50 metros cuadrados cerca del palacio. En abril de 2006 se mudaron a una casa valorada en casi un millón de dólares. El nido de amor tiene estricta vigilancia y hasta cámaras infrarrojas.

“Muchas cosas de mi nueva vida eran imposibles de imaginar”, señaló la muchacha en sus primeras palabras como “señora Kuroda”, pronunciadas en una brevísima conferencia de prensa tras la boda. Como preparación para esa vida de ama de casa, empleados de la corte imperial la instruyeron hasta en el uso de electrodomésticos.

En una mañana fría y bajo un cielo plomizo, Sayako recibió no sólo los aplausos y los saludos de cientos de personas que se congregaron a los lados de la avenida Hibiya, junto a una nube de fotógrafos, sino también el amor de un pueblo que la acompañó en tan importante capítulo de su vida: la boda.

Ahora, en víspera de cumplir 40 años, la querida princesa Nori aún no da una buena nueva al pueblo nipón: un heredero del imperio de amor y sencillez que ella misma fundó.