En 1991, con 18 años y 400 dólares en el bolsillo, la brasileña Daniela Raab partió a probar suerte en EUA. Su objetivo era aprender inglés y conseguir un trabajo que le permitiera también estudiar.
Trabajó como niñera durante tres años y estudió administración de empresas en Baruch College, Nueva York. Tras un breve paso por una oficina de abogados, llegó al Safra National Bank. “Ahí me gustó el área financiera”, dice Raab. Hoy, 20 años después de emigrar, se desempeña como vicepresidenta de J.P. Morgan en Ginebra, Suiza.
Raab es el ejemplo de una mujer que viajó a uno de los mayores mercados financieros para poner el sello femenino de América Latina. Lo mismo hicieron las brasileñas Jill Janaína Otto y Mariana Montalvão, la argentina Marina Bacchiani, la chilena Isabel Darrigrandi y la colombiana Maritza Mrozinski. Todas bordean los treinta años, y la mayoría ha decidido postergar la maternidad para dedicarse de lleno a un mercado altamente demandante.
“El mundo financiero tiene muchas cosas que seducen a mujeres y hombres, como el dinero, el poder y el reconocimiento. Para las mujeres, entrar al club de los chicos también puede ser un aspecto extra”, asegura Mariana Montalvão, que actualmente ejerce como VP asistente del área de control de riesgos del Deutsche Bank. “Yo no me puedo ver haciendo otra cosa”, dice.
El desafío del ambiente financiero ha sido una oportunidad para demostrar y convencerse de lo que son capaces, quizás debido a una cultura de origen que les quiso imponer un camino contrario.
“Mi papá se sorprendió cuando nací, porque él esperaba a un niño. Cuando le dije que entraría a la empresa familiar estaba emocionado, he recibido todo su apoyo”, dice la brasileña Jill Janaína Otto, quien en agosto se suma a J.P. Morgan como Money Manager.
Valor agregado
Según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (Women’s Economic Opportunities in the Formal Private Sector in Latin America and the Caribbean), las mujeres pueden mejorar los resultados de las empresas. Se fijan en detalles y contribuyen a tener variedad de opciones a la hora de tomar decisiones.
“Las mujeres tienden a tomar menos riesgos, lo que es crucial en la pelea contra la información contradictoria en las decisiones de inversión”, dice Otto. “Los hombres, en cambio, buscan datos que confirmen su posición inicial”. Para Raab, además de la empatía, las mujeres tienen la capacidad de poder “hacer varias cosas al mismo tiempo”.
En el viejo continente parecen tenerlo claro. El Parlamento Europeo está solicitando a las grandes empresas que incrementen hasta 30% el número de mujeres en la alta dirección, con plazo hasta 2015.
“En Londres, donde trabajo, hay muchas iniciativas para reclutar, retener y promover a más mujeres mediante contratos flexibles y programas enfocados a ubicar y apoyar talentos para una creciente comunidad de mujeres de negocios”, explica Montalvão.
Una práctica que también se extiende a las B-Schools. “Los programas MBA están intentando hacer lo posible por tener más mujeres”, dice Otto. “Pero aunque las escuelas están haciendo un buen trabajo, como Harvard (que en el próximo año académico tendrá un 36% de inscripción femenina, el máximo después de Wharton, con 45%)”.
Muchas corporaciones están reguladas por políticas antidiscriminatorias. Por ejemplo, en Citi Group hay un movimiento llamado Citidifference, que apoya a sus trabajadores homosexuales, a las minorías étnicas, a los padres y las mujeres.
“Mi jefe podía decir que él respetaba la diversidad porque tenía en su equipo a una persona que estaba en tres de los cuatro grupos”, dice la argentina Marina Bacchiani, ex vicepresidenta del Corporate and Investment Bank, Cash and Treasury Services de Citibank en Londres.
Más allá de las diferencias, estas mujeres top de las finanzas creen que lo crucial es que los estilos de ambos sexos se potencien, para así trabajar en un sector donde el correcto engranaje de los equipos es fundamental.
“Ésta no es una carrera fácil, pero creo que es una cosa de trabajar duro y demostrar que sobrepasas las expectativas”, dice Montalvão.